viernes, 2 de octubre de 2015

La novillada. Filibertinaje de toros (una pasarela Cibeles de cucarachas)

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Puerta de Arrastre
Salida de la marquesa en el cuarto

José Ramón Márquez

Todo llega, y ya llegó la Feria de Otoño, esa Feria a la que parece que nadie quiere acudir, ni los figurones, ni los aficionados, muchos de los cuales pasan por taquilla por el trágala de mantener el abono. Poco a poco, sin embargo, parece que vamos volviendo a la situación de los años setenta en que podías perder tu abono tranquilamente porque sabías que podrías volver a sacarlo al año siguiente en casi el mismo sitio. La Feria de Otoño, como antes la de San Isidro, sirve para hacer el recuento de los que se han caído del cartel, de los que ya no han renovado y, a buen seguro, ya no volverán.

Manolo Chopera dejó Las Ventas como el Titanic a toda máquina, los Lozano mantuvieron la caldera a toda presión y la incuria de los Choperon’s ha sido el iceberg en medio del Atlántico. ¡Catacrack! Alguien de entre los propietarios del coso, alguno de los de ese mamotreto inútil llamado Centro de Asuntos Taurinos, debería pedir explicaciones a la Empresa de por qué se ha producido un abandono masivo de los abonados.

Una posible explicación de alguna de las causas del desastre la podemos hallar de manera ejemplar en el festejo de esta tarde, con el que se ha inaugurado la Feria, en el que anunciaban una novillada de la ganadería El Torreón para Filiberto, de Calasparra, nuevo en esta Plaza, Alejandro Marcos y Joaquín Galdós.

No cabe duda de que el eminente profesor veterinario don José Magán habrá cursado con aprovechamiento los estudios que le habilitan para el desempeño de su profesión, tan importante en un mundo cada vez más poblado de mascotas, ni se pone en duda que habrá hecho los pertinentes cursillos que le habilitan para el desempeño de la asesoría presidencial en las corridas de Las Ventas, no se pone en duda su buena fe en el reconocimiento veterinario de los animales a lidiar, ni se duda de que sus indicaciones al Presidente durante el festejo sean ponderadas, mesuradas e inteligentes, y precisamente por no dudar lo anteriormente expresado es por lo que no se entiende que haya podido salir al ruedo de Madrid una impresentable gatada como la que han tenido la ocurrencia de echar para ir abriendo boca. Es inconcebible que en la misma Plaza en la que hace dos domingos vimos, rodeados de chinos y morisma, la novillada de Villamarta, con trapío y seria, nos pongan hoy en Feria esta redada de torreones, a ver si cuela. La cosa iba con la mosca detrás de la oreja al ver que ni el mayoral se dignó tomar asiento en su sitio reservado... ¡tate, tate! Y la confirmación llegó en el primero -cuanto antes, mejor- que unía a su aspecto fofo su condición jabonosa y caediza. De ahí la cosa fue en adelante, hasta la culminación del sindiós que fue el abecerrado que salió en quinto lugar, novillo con clara vocación de cabestro, más feo que un frigorífico visto por detrás, ridícula caricatura del toro de lidia. Las seis prendas que mandaron a Madrid, hierro, señal y divisa de El Torreón habrían hecho un gran papelón en Gor, minúscula Plaza, en la que habrían pasado por animales descomunales de presencia, pero en el enorme ruedo de Madrid lo que teníamos era una Pasarela Cibeles de cucarachas. Al deplorable quinto lo sustituyó un colorado chorreado en verdugo de Dolores Rufino, viejo hierro de Anastasio Martín, que a la postre fue el único toro del encierro y del que se hablará más adelante. Lo del Torreón pertenece al maestro César Rincón, por quien profesamos la más elevada e inextinguible admiración como matador de toros, y eso nos lleva a pensar que desde Curro Cúchares, incluido Curro Cúchares,  no recordamos matadores que hayan triunfado como ganaderos.

Filiberto dio la impresión de que se traía aprendida de memoria la faena: sale el bicho  y le hago así, luego asá, después esto y lo otro y a continuación lo de más allá... De hecho él venía con la cosa de brindar el torillo y nada le importó que el bicho anduviese reptando por el suelo cual babosa de 475 kilos, pues él venía a lo que venía. Que la realidad no te estropee tu sueño, debió de pensar, y se dedicó a traer y llevar a la babosa reptante los ratillos que se incorporó entre caída y caída sin que nadie hiciese aprecio a su labor y sin que sus maneras se saliesen del más puro paradigma de la ventaja, el cite por afuera, la pata retrasada y demás monserga cotidiana. Su segundo, que se mantuvo en pie todo el tiempo, podría haber sido candidato de Ciudadanos en cualquier circunscripción, toro Profidén, ni un mal gesto, ni una buena acción, toro federalista si se lleva el federalismo, puro tedio socialdemócrata camuflado de bóvido al que el bueno de Filiberto enjaretó lo mismo que traía pensado para el otro, incluido lo de brindar al público, sin apartarse ni un pelo del guión y con las mismas trazas. Cuando el viento le molestó parece que la gente se fijó algo más en él, y eso duró hasta que el aire se echó.

Alejandro Marcos es de La Fuente de San Esteban, como mi buen amigo P., ya jubilado, que tuvo en su mano todo para ser torero menos el mínimo valor para ponerse ni ante un añojo recién destetado. Firmó una actuación perfectamente anodina y sin interés frente al primero, abusando de lo mismo que todos y nadie le tuvo en consideración. En su segundo merece la pena detenerse un poco más. Impartidor, número 7, toro serio y bien hecho de Dolores Rufino, fue proclamando por todos los tendidos de la Plaza su condición mansa y huidiza. Miraba por encima de los tableros, cavilando si saltar, huyó del penco de Óscar Bernal cada vez que sintió el hierro en la espalda, por más que éste le perseguía pretendiendo picar al sesgo, se fue a chiqueros y desde ahí miraba y desafiaba a los de las capas, apretó en banderillas a favor de su querencia cuando Martín Blanco le clavó los rehiletes, se escapó de los capotes en franca huida... En banderillas, Jesús González “Suso” estuvo encargado de la brega y la realizó de manera harto eficaz y discreta, tomando con suavidad y firmeza al bicho, ahormándole, sujetándole. De pronto el toro cambió. Cuando Alejandro Marcos le puso la muleta, el toro se echó hacia él con una embestida enérgica, fija y vibrante, presto a repetir. De pronto el toro era otro completamente distinto, pero al animal había que torearle, había que llevarle sometido y tirar de él, había que ganarle la posición y vencerle en la contienda, y sin embargo, lo que el bicho recibía era un medio pase y un tío corriendo a recolocarse. Tan solo en una breve serie se atreve Alejandro Marcos a plantear las cosas por lo serio y ahí cobra los tres muletazos en los que nos hizo concebir la esperanza de que había comprendido. Cuando en la siguiente serie vuelve a las andadas del principio es una evidencia que el toro se le va a ir y que su oportunidad de trazar con fuerza las líneas de su futuro se desvanecen. El toro era para jugársela: o la Puerta o el hule de Padrós: él prefirió centralidad e irse por su propio pie a no sabemos dónde.

Joaquín Galdós tiene un ejemplo estupendo en el que mirarse sin salir de su propia ciudad: que cavile cómo vino Roca Rey a Las Ventas, dispuesto a dar que hablar y que lo compare con su actuación de hoy, sus tristes capeos, sus inanes muleteos, su actitud de torero viejo y hastiado de tantas ferias, de tantos toros. Frente a sus dos oponentes (es un decir esto de oponentes), animales netamente disminuidos en lo psicológico y en lo motriz y ayunos de inteligencia pretendió pegar la pelmaza tundidera de todos, y no exageramos si decimos que no le hizo caso más que una compatriota que se sentaba en el 10 y que se tapaba de vez en vez la cara con la enseña nacional del Perú, acaso por no querer ver la innecesaria demostración de vulgaridad de su paisano. Por no faltar a la verdad diremos que aunque en la psicomotricidad el sexto no pasaba el examen, al menos es el único de los torreones que tuvo presencia, algo es algo.

Raúl Adrada puso dos sobrios pares de banderillas al sexto que, junto a los tres muletazos de Marcos, fue lo más torero de la tarde, nos trajo a esta tarde otoñal el remoto recuerdo de una novillada nocturna en Las Ventas, años noventa, en que toreó  junto a otro novillero llamado El Cid.

 Vicente Llorca

 Abella/Abeya

 Jorge Laverón

 La papela de Fernández

 La banda en el pasillo

 El programa

 La copa

 El paseo

 Fernández en el nido de Abella

 El palco de la Carmena, desierto

 El hondero

 Florencio

 Los mayorales

 Galdós

 El enchufado de la Cifu los aburre

 Duque y marquesa

 Perú con Galdós


 La cátedra

 La América española

 Los bueyes de Florito

 El chulo de toriles disfrazado de barquillero

 La huida de la marquesa

 La humildad de Abella

 Javier Gómez Pascual

 Saludo de Raúl Adrada
(Lo mejor de la tarde)

 La pluma y la espada

La pluma