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lunes, 12 de octubre de 2015

Los piratas del níscalo


Níscalos con ánimo de lucro
 
 Culto al pino en el Comunero de Revenga
Canicosa de la Sierra


Francisco Javier Gómez Izquierdo

Dicen en Bruselas que uno de los bosques mejor gestionados de Europa está en la Sierra de la Demanda.  El castellano de entre Soria y Burgos quiere al pino como si fuera un hijo. Lo cuida durante  cien años y el biznieto del que lo plantó procede al sagrado ritual de un sacrificio que da vida a las criaturas  del monte. Entre ellas, sus pueblos.

     En la Sierra de la Demanda el fuego se espanta nada más asomar porque le atacan desde todos los puntos cardinales (Quintanar, Hontoria, Canicosa, San Leonardo...) El monte es de unos hombres y mujeres que  entienden de pinos,  resinas y pastos y a los guardas forestales que les envía el Estado o la Junta de Castilla y León los tratan como si fueran obispos de otros siglos. Les añaden casa, leña, todoterreno de categoría y los ayudan en lo que sea menester.

      Bajo los pinos y los robles de la Demanda brota con las primeras lluvias de otoño un esplendor micológico, siendo el boletus edulis y el níscalo las setas más abundantes y las que, para distinguirlas, no se precisa ciencia. “De toda la vida”, los pinariegos recogían el níscalo que venían a comprar los valencianos en furgonetas y se sacaban unas pesetas que venían muy bien para sus economías. Al aficionado de las capitales que se acercaba con el coche no le ponían pegas y hasta le enseñaban y ayudaban para que juntara cuatro o cinco kilos y pudiera comerlos durante la semana a la plancha con ajitos, revueltos con gambas y “..si se atreve usted póngalos en un arroz”. Esto era así hasta que hace unos años vinieron “ellos”. Primero como en cuadrillas. Las últimas temporadas, formando auténticos ejércitos.

      “Ellos” son naturales de Rumanía. No se sabe si dacios o getas, pero lo que está claro es que saben de la debilidad de nuestra autoridades, que en vez de proteger la libertad y la propiedad de los serranos, permite el delictivo libre albedrío de una nación refractaria a la mínima reglamentación. Está permitido en todos los pueblos de la Demanda que cualquiera, como si quiere ser lapón, pueda recoger hasta cinco kilos. Tanto si son getas como dacios, el caso es que llegan con ánimo de conquista y si en el pinar encuentran un quintanaro que les reprocha su guarrería y mal trato a la madre Naturaleza, sacan a pasear maldiciones y navajas en grupos de a cinco o seis. En la zona y en el Diario de Burgos les llaman los Corlehongos.

      Forman campamentos en sagrados lugares del Arlanza,  Duero y Pedroso. Al atardecer comen y beben sin tino. Los tenderos cierran las puertas cuando ven llegar de quince en quince a las mujeres de largos vestidos que no permitirán que nadie las registre... y en las discusiones de “has cogido” o “no has cogido”, se acercan ellos borrachos y amenazan sin saber lo que les ocurriría si no tuvieran la protección de los pusilánimes que interpretan las leyes. Insultan y escupen a la Guardia Civil, cada vez que en un camino requisa más de diez kilos a un sólo individuo. El juez no cree a la Benemérita y si la cree lo disimula porque al minuto deja en libertad a unos tipos que van presumiendo de pobres hambrientos para poder ser perdonados de sus delitos.

       Provocan con su falta de educación y civismo e incomodan de tal manera que  el sábado en Quintanar de la Sierra, con la plaza tomada, se acuchillaron entre ellos no se sabe si repartiéndose el pinar que no es suyo o por asuntos de honor. Los serranos van a explotar cualquier día. De hecho, saben cómo expulsar a esta “gente” de sus tierras, pero ¡claro!, temen el trato de las autoridades.