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miércoles, 21 de octubre de 2015

Crónica de un verano (que es un día) en Burgos


24 de julio, víspera del verano burgalés




El punto de vista exacto de Solyenitzin



"SONRÍE, ES BURGOS"


Ignacio Ruiz Quintano
Abc


De Madrid a Burgos pasando por Cádiz, que para un burgalés viene a ser como las Azores.
Del Beni de Cádiz se cuenta que, al pasar por la casa de Pemán, donde una placa dice “Aquí nació don José María…”, lo detuvo su compadre, el Cojo Peroche, con una angustia gaditana y estival: “¿Qué crees que pondrán en nuestra casa cuando faltemos, Beni?” Y el Beni le contestó: “Se vende”.
Pemán nos descubrió que el verano es la única estación que ha creado un verbo con su fruición y paladeo, “veranear”, que, miren por dónde, significa huir del verano: el veraneo como supremo homenaje al invierno.

Por eso durante el verano es natural encontrarse en el invierno de Burgos (donde el verano dura de Santiago a Santa Ana) con tanta gente que parece de Cádiz: gente de Francia y de Alemania que sonríe como en Cádiz (¡una sonrisa liberal!) y respira como en Burgos (“¡venga, niños, respirad, que es Burgos!”), la capital de Castilla que en verano cambia el reclamo de “Burgos no te dejará frío” por el de “Sonríe, es Burgos”.

Los del marketing no saben que para sonreír basta con sentarse.

Para volver de la tragedia a la comedia, no hay más que sentarse –dijo Napoleón, una vez coronado.

Pero para respirar hay que elevarse.
Mi calle

En su “Retrato de un hombre de pie” Madariaga da por sentado que el reino animal sólo logra su única especie vertical cuando al hombre le dio por enarbolarse.

Es al erguirse cuando se da cuenta de que la dirección de abajo arriba es única y privilegiada, con dos nuevas perspectivas: otra escala de valores y, con ella, el infinito
A Burgos (el espíritu del árbol en la verticalidad del gótico) acude uno a enarbolarse.

El desprecio del español al árbol sólo compite con el desprecio del español a la libertad.

Dicen que cuando Solyenitzin salió del Gulag quiso venir a Burgos (marzo del 76), hospedándose, “de incógnito”, en el Mesón del Cid, y que ahí estuvo, absorto, dos días, mirando por un ventano las agujas de la catedral.

La obra de Solyenitzin compendia el horror político del siglo XX, y para la “crema del pensamiento” eso era difamar, en nombre de la “libertad abstracta”, el “experimento social más importante del siglo XX”.

Condenar a Solyenitzin, que se atrevió a hablar, es absolverse uno mismo, que calló años y años –había advertido Octavio Paz.
La dentellada más rabiosa se la dio en España el ingeniero Benet:
Nada me parece más higiénico –escribió en “Cuadernos para el diálogo”– que las autoridades soviéticas, cuyos criterios respecto a los escritores subversivos comparto, busquen el modo de sacudirse semejante peste.
Al cabo de cuarenta años, en Burgos, como en toda Europa, de la “libertad abstracta” de Solyenitzin se ha pasado a la “libertad concreta” de la socialdemocracia, que es la bicicleta.


Burgos reserva el solomillo de sus paseos a los ciclistas

Un hombre en bicicleta es un hombre sin normas de circulación, y Burgos reserva hoy para él lo mejor de sus aceras y sus paseos (de la Isla al Espolón), el tartán mejor acabado del mercado, las veredas más frescas y sombreadas del río. Es la mandrilización de una sociedad pedaleante, absurda como un zapato impar para la sociedad andante (la Europa de Steiner, cuya cartografía tuvo su origen en las capacidades de los pies humanos), que va quedando atrás.

El pensamiento y la sensibilidad europeos son, en el sentido originario de la palabra, ‘pedestres’. Su cadencia y su secuencia son las del caminante...
Claro que a Burgos no se viene a andar, sino a respirar.

¿Y qué se respira en Burgos, esa vieja “osamenta de piedra abandonada en el camino” del regeneracionista Salaverría?
Realismo mágico.

Me gusta el hotel más antiguo de la ciudad, que es el “Norte y Londres”, donde de niño pedí un autógrafo a Nino Bravo. En su salón farfullaba durante la guerra, apretado por el apetito, don Eugenio d’Ors: “Aquí no se puede hacer otra cosa que lo que hizo el Cid: irse a conquistar Valencia para comer naranjas y bañarse en el Mare Nostrum… Lluvia, más lluvia, brumas… Y luego, ¡esa catedral tan feísima!”

Para el clasicismo d’orsiano, el gótico era confitería.



Pero la catedral sigue siendo la razón de ser de Burgos, como cuando vino Solyenitzin (“el exponente más logrado del realismo socialista”, al decir del pope Lukács) a confirmar en ella su cristianismo.

Junto a la catedral, el realismo mágico se descompone en gran fuego de artificio hacia Santa Gadea, donde la jura del Cid al rey Alfonso VI (Charlton Heston y John Fraser en la película de Anthony Mann para Samuel Bronston), y San Nicolás de Bari, donde el retablo de Simón y Francisco de Colonia en piedra caliza de Hontoria (la misma de la catedral) para los Polanco, mercaderes de la ciudad.


San Nicolás de Bari


 Santa Gadea

En contienda urbana con este realismo mágico se manifiesta el “realismo socialista” de la cubierta del Coliseum (la vieja plaza de Toros revestida de caseta de Feria de Sevilla), o de la Biblioteca Pública del Estado (con lo que ese título sugiere), en la plaza de San Juan, un hangar de cristales (¡la “Glasarchitektur” de Paul Scheerbart pasada por Zapatero!) que es como una broma de mal gusto que la ciudad le gasta al transeúnte como para prepararlo para la visión del Museo de la Evolución Humana, o Museo del Mono, donde la gente de Atapuerca ameniza la socialdemocracia científica y donde se anuncia una conferencia de Pedro Duque, el astronauta que da cuenta de ochocientos asteroides que podrían destruir la Tierra, imagen que sólo logro concebir cuando, sentado a la mesa de un asador, me sirven, por cuarto de lechazo asado, una tartera de tabas, como si uno fuera ese guiri en chirucas que cree que el lobo y el cordero beben juntos en el mismo arroyo.


 Nueva Plaza de Toros

 Biblioteca Pública del Estado
(Hangar)

Museo de la Evolución

El buen comer formar parte del realismo mágico de Burgos, pero, dentro de esa nube, que no lo confundan a usted con un guiri y le den león por cordero churro (teniendo en cuenta la observación del poeta bilbaíno Basterra de que el león es cordero asimilado) o recentales a los que “les titilan de placer las colas” (Salvador Rueda) por lechales churros.

Los santuarios del cordero churro, que es el plato litúrgico de Castilla, están en Campaspero, en Roa y en Lerma, aunque nunca hay que confundir los asadores con los “asaeros” (“asaero”, en lugar de estómago, es lo que tenía el Cojo Peroche, que carecía de paladar, cuando le estallaba la ardentía).
En Burgos, huyendo del turista, puedes dar con asadores de una honradez bíblica.

Para oír con los ojos, tocar con el olfato y oler con la vista, hay que almorzar cordero de Villadiego (y morcilla de Cardeña), incluso en verano.


 Cartuja de Miraflores

Cena de Gil de Siloé

Después, la siesta en la Cartuja (¡una siesta cartujana!), que produce en el paciente (de paz) una moral mística y desprendida que ilumina la visión del Cristo de Gil de Siloé y favorece la vuelta a la ciudad por la Quinta y el Arlanzón, acaso el río mejor aprovechado del mundo, por cuya orilla vio Foxá pasear, a contramano del Cid, a Pétain, mariscal entre las dos guerras, héroe de la primera, y de la segunda, villano.

Aquí, si el viajero pone la anchura, el espacio, la piedra (“osamenta de piedra abandonada en el camino”) le suministra la profundidad, el tiempo.