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viernes, 16 de octubre de 2015

Companys


En el 34, antes del golpe, con Max Schmeling

En el 36, después del golpe, en La Maestranza


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Mas juega a ser un “déjà vu” de Companys, pero le falta el fusilamiento, pues Companys es, como Mas, un irresponsable, sólo “salvado”, según Roca, por su “bel morire”.

Un día, Companys, que en el 33 es ministro de Marina porque ha estado preso en un barco (la maledicencia popular daba por seguro que el camino más corto para llegar al gobierno de la República, que tuvo una treintena, era la cárcel), proclama, por amor a Carmen Ballester, a quien trata de impresionar, el Estado catalán, con un bonito discurso escrito por José María Massip, que había sido cochero de punto, taxista, indigente, ateneísta fundador de “El Centauro de Sitges”, concejal de Barcelona por la Esquerra… y que acabará siendo corresponsal de ABC en Washington y Nueva York, donde firma una crónica memorable de la muerte de Robert Oppenheimer.
Al lado de Companys, que tiene fotografías en el boxeo (con Max Smelling, campeón alemán de los pesados) y en los toros (La Maestranza lo homenajea en el 36 por su golpe del 34), Mas no es más que un payés que no ha leído a Pla (“¿Independencia? Los catalanes podemos fabricar muchos calzoncillos, pero no tenemos tantos culos”).

¡Catalans, a les armes, a les armes! –se oye por la radio en la noche del 6 al 7 de octubre de 1934.

El juicio, por mayo, ante el Tribunal de Garantías Constitucionales es un sainete. “¿Disparó contra el Ejército español?” “No lo sé”. “¿Llevaban uniforme español?” “Sí”. No se han sublevado contra la República, pues su República, la verdadera, es la federal (?), no la burguesa de don Niceto, el “líder de las multitúes”, que pastelea una sentencia amable. Los procesados se jactan de lo hecho, y el hecho de que no se dé una sola muestra de repulsión popular se vende como indicio de respeto con la justicia del refinado pueblo español.

Tots som Mas.
Y los analistas estudian el simbolismo “nacional” de los cuatro dedos del saludo del Arturo Pantocrátor.

Pero se ofenden si los mandan al diván.