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domingo, 10 de diciembre de 2017

En la muerte de "un héroe francés"

 Discurso de Macron ante el pórtico de la Madeleine


Jean Juan Palette-Cazajus

¿Quién yace en el féretro blanco que, en esta fría tarde parisina del 9 de diciembre, desde el Arco de Triunfo, recorre los Campos Elíseos en un vehículo funerario solemnemente escoltado por los motoristas de la Guardia Republicana? ¿A quién han querido acompañar las ochocientas motos cuyo fragor cierra el séquito? ¿Para quién los aplausos y las lágrimas de los cientos de miles de espectadores que llenan las aceras de la avenida y la Plaza de la Concordia, camino de la neoclásica iglesia de la Magdalena?

¿Quién yace en aquel féretro blanco depositado un momento al pie de la monumental escalinata que sube hasta el pórtico de un santuario con aspecto de templo griego? Santuario cristiano, de aspecto grandiosamente pagano como quiso su constructor, Napoleón Bonaparte. Ambigüedad que todo el día caracterizará la imponente celebración ¿Quién es el ilustre difunto a quien el actual Jefe del Estado le dedica entonces un corto discurso largamente aplaudido por la multitud. “Era un héroe francés... era una parte de Francia”, dice el Presidente.

 Funeral en la iglesia de la Madeleine

¿A quién han venido a despedir los muchos cientos de personas que abarrotan naves, columnatas y peristilos del templo? Cientos de personajes habría que decir. Las imágenes de la tele están absolutamente saturadas de conocidas caras de la música, del cine, del teatro, del periodismo, del espectáculo, de la televisión. Parece que están todos los que son y desde luego son todos los que están. Y a quien no haya estado hoy o no se lo haya reconocido, sólo le puede esperar larga y amarga “depre”. En cambio, muy escasamente representado se muestra el mundo del pensamiento.

¿A quién ha venido a despedir la flor y nata de la política, sentada en el coro, a ambos lados del  nítido ataúd?  Allí están los ex Presidentes de la Republica Hollande y Sarkozy, flanqueados por sus respectivas y mediáticas compañeras, ambas compungidas y de negro luto vestidas. Está Edouard Philippe, actual primer ministro. Está el presidente del Senado. Están varios ministros y ex primeros ministros.

Es el funeral más solemne e impresionante en muchos años. Tras la homilía del obispo, se suceden en el púlpito actores y actrices oscarizadas para leer fragmentos del Evangelio o personales oraciones. Jean Reno pone todo su talento en la dicción de una fábula titulada “Dos caracoles en el entierro de una hoja muerta”. La escribió Jacques Prévert, poeta bohemio y antiacadémico donde los haya. Pero obrita escrita en perfecto alejandrino nacional y el inconfundible ritmo del verso francés llena entonces las bóvedas ¿Quién es el representante de “la Francia Eterna” así homenajeado?

 Los ex presidentes, el primer ministro y demás políticos

Entre versos y versículos suenan guitarras. El compás del blues invade la aristocrática iglesia y la distinguida asistencia bate palmas como en el oratorio bautista de un pueblo de Alabama ¿Quién es el personaje transgresivo en cuyo recuerdo se autorizan semejantes libertades? Al final de la ceremonia deudos y amigos se acercan al féretro para bendecir al difunto. ¿Quién es el personaje que ha conseguido que tantos amigos judíos, como el director de cine Claude Lelouch, traten de manejar, torpes y aplicados, el católico hisopo?


 Tras el discurso en la escalinata de la Madeleine, Emmanuel Macron y su esposa han permanecido en la iglesia en un discreto segundo término. ¿Quién es el personaje cuya despedida le suscita ahora un dilema al Presidente cuando, a punto de empuñar el hisopo, recuerda -sin duda con excesivo escrúpulo- que su función le prohibe cualquier gesto o actitud que signifique adhesión a cualquier creencia o descreencia particular? A continuación Brigitte y Emmanuel intercambian besos y abrazos cariñosos con los deudos. Ya metidos en harina, prosiguen con los inmediatos rostros conocidos. En las inmediaciones de la presidencial pareja estalla entonces la feroz batalla de los egos. Hay quien consigue y quien no, colocarse al alcance de los ósculos presidenciales. Odio y resentimiento invaden el alma de los perdedores.

Cuando el blanco féretro llevado a hombros asoma fuera de la iglesia e inicia la lenta bajada de las escalinata, una inmensa ovación sube de la densa muchedumbre que ha aguardado el final de la ceremonia frente a las pantallas. ¿Quién es el personaje que consiguió que una multitud francesa fuera capaz de cantar a coro y afinadamente? ¡Improbable hazaña, no tratándose de la Marsellesa! La gente dedica al desaparecido una letrilla muy popular: “¡Que je t’aime, que je t’aime!”, “¡cuánto te quiero!”

 La multitud delante de la Madeleine

El morador del féretro era el creador del estribillo entonado por las masas. Se llamaba Jean-Philippe Smet y era hijo de un clochard belga y una marginal francesa. Todo el mundo lo conocía como Johnny Hallyday. Denominación de origen desde luego con menos prosapia fonética que el Bourgogne. El hombre era el indestructible ídolo, desde hace 57 años, de un inmenso público fielmente enamorado de su universo, entre rockero y popular. Sin duda el mejor símbolo en su momento del definitivo basculamiento de Francia hacia la aculturación anglosajona. Al mismo tiempo excesivamente francés para conseguir el éxito internacional. Pocos lo conocían en España. Uno de ellos, Loquillo, que lo coloca, en El País, a la altura de Bruce Springsteen. Ciertamente tenía energía, sentido melódico, una voz portentosa, criada en la barrica del vibrato “bluesy”. Las letras también eran “demasiado” francesas, muchas veces de calidad, pero cantadas en un idioma culturalmente incompatible con la internacional del rock.

(Pas cette chanson-Quant revient la nuit- Si j'était un charpentier.
Le Pénitencier.)

Tal vez. No lo sé. Ni me interesa. Quizá por ser escrupuloso aficionado al jazz desde mi infancia, nunca pude superar cierto desprecio hacia un universo musical para mí subordinado y escasamente capaz de superar lo rudimentario. Un tipo de música  cuya estruendosa dependencia del artificio energético acabó con el momento áureo de la canción francesa. Una frágil porcelana basada en dos trípticos sagrados: letra, melodía y carisma del intérprete por un lado, inteligencia, sensibilidad y sentido de los matices, por otro. No he creído nunca en la supuesta revolución sociológica del rock. Si fuese cierto que el rock tumbó el Muro de Berlín, sólo significaría que tan indigente era la ideología que tumbó el Muro como la que lo levantó.

La nación no coincide nunca con la idea que tenemos de ella. Denominador común de una compleja maquinaria colectiva, su historia transcurre ajena a nuestros fantasmas personales. Hoy presencié la comunión real, fervorosa, de una Francia con la que me cuesta...comulgar. El fallecimiento de “notre Johnny national” colapsó los medios. Era imposible encontrar un canal televisivo que no fuese recordatorio, recopilatorio o adulatorio. De modo que tuve que superar cierta exasperación antes de intuir que, paradójicamente, este caballo de Troya de una fantaseada cultura popular americana, se había ido convirtiendo en el símbolo de “la Francia de antes”. Tal ha sido el vertiginoso cambio sociológico del país en las dos últimas generaciones, tal es su malestar, tal su inseguridad cultural ante la imposición de valores y culturas que jamás eligió. El impresionante espectáculo vivido esta tarde fue la manifestación de una voluntad de perdurar que por poco se me escapa.

El primer comentario de un lector, publicado en Le Monde tras la retransmisión en directo del funeral decía escuetamente:  “Público poco mestizado. ¿Acaso el final de un mundo?” No sé si lo deseaba o lo deploraba. Pero estaba dicho todo.

Johnny