miércoles, 1 de mayo de 2024

Hughes. Bayern de Múnich, 2-Real Madrid, 2. Vinicius es el mejor jugador del mundo


@realmadrid


HUGHES

Pura Golosina Deportiva

 

Hay quizás una preparación colectiva de los partidos, y éste contra el Bayern se planteó con menos atención de la que merecía. Contribuyó mucho a eso Pedro Sánchez. Le quitó el foco a la sacrosanta Champions. Nada respeta.


El partido comenzó con una parada de Lunin a Sané en el primer minuto. Tuchel ya estaba histérico con su pinta de jefe insoportable.


El Allianz es un estadio impresionante, pero no tiene techo ni hipogeo. El Bayern presionaba, pero tampoco daba ya el germánico miedo. La grada ruge sin parar, pero los planos mostraban wokes gorditos y una bandera arco iris... Y la noche en que se homenajeaba a Beckenbauer, el Bayern tenía un central coreano. En definitiva, los tiempos han cambiado.


El Bayern quería darnos miedo, hacía todo lo posible por repetir esas tormentas rojas de fútbol del pasado, pero no lo conseguía incluso dominando.


Los primeros quince minutos fueron suyos. Media docena de tiros tras pérdida del Madrid o robos arriba. Se notaba que estaban aplicando la pizarra de Tuchel, su trampa mortal, su presión nerviosa. Eso era todo lo que podían hacer.


Y el Madrid, experto en tormentos y dominaciones, comprobó que, comparado con el City, eso era un infierno menor y muy cortito.


Tampoco se parecía nada al viejo Bayern que nos hacía sentir el gran complejo (el correlato futbolístico a la necesidad de homologarnos).


Vinicius se empezó a postular bajando a por la pelota, pero Laimer estaba muy pendiente de él. Fue a partir del cuarto de hora que el partido cambió. Kroos se puso a pilotear el barco como lo haría el Gran Gatsby, con gran elegancia y cierto desdén. Pilotear, pelotear, parecidas palabras... Pases aquí, pases allá. Primero reconstruyó la salida del balón, y luego dio la asistencia a Vinicius, una jugada que era de dos, preparada entre los dos, que recordaba a lo que hacían Magic y James Worthy. Kroos tenía la pelota en la posición del lateral, trianguló hasta subir en el campo y desde ahí inicio un juego de miradas con Vinicius, que estaba entre los centrales. Kroos miró a Vini, hubo inteligencia entre ellos, entre jugadores tan distintos, y entonces se produjo un movimiento muy rápido digno del National Geographic. Vinicius amagó al interior y Kim Min Jae, casi instintivamente, le siguió lo justo para darse cuenta de que se había equivocado. Fue un movimiento de leopardo y antílope. El antílope cayó en la trampa, perdió su posición y el leopardo (que era el cazador, pero sólo quería liberarse) salió corriendo sin poder ser ya seguido por el coreano. Ese desmarque fue prodigioso, ese dentro-fuera era otro regate más de Vinicius, esta vez sin balón.


El foco de la jugada pasó entonces a Kroos, que si antes le había indicado el desmarque (marcado el desmarque) con los ojos y un poco con la mano, como un torero viejo y barrigudo, ahora pasaba el balón para que se encontrara con Vinicius en plena carrera (allá donde el leopardo había cazado su libertad). Si prodigioso fue el desmarque, extraordinario fue que ese pase, para llegar a Vinicius, atravesara dos líneas: pasó entre los medios y luego entre los centrales, y le llegó a Vinicius en estado de fulguración, batido Neuer con tanta seguridad como rapidez.


Fue un gol para el álbum de la Champions madridista, y tan de Kroos como de Vinicius, que ya hace movimientos de nueve supremo y se movió por el centro con autoridad. Ha completado otra evolución más: primero fue el gol, ahora el salto posicional. Entre tanto, sigue haciendo regates que no hemos visto. Cada partido inventa uno. Y podríamos añadir otro crecimiento: Vinicius como lector de espacios, no sólo explotador de ellos sino creador.


Tras haber sufrido sin la pelota como ya es norma que lo haga el Madrid en Europa, llegaron unos minutos con la posesión.


El Bayern parecía alicaído, un Madrid más lento. Yo me sentía culpable por no sentir inquietud alguna. En esos minutos, el Madrid jugaba contra un equipo cualquiera de la Liga. Sentí, y creo que fue general, la dimensión real de la superioridad del Madrid, que parecía interiorizada en la extreña mirada bóvida de Kane.


El Bayern de Tuchel no es el de Pep, no hay el mismo afán de control, pero también se percibe una pérdida de garra y espontaneidad. ¿No parece el Bayern reprimido? Lo más temible del estadio, temible en tanto subyugante, era una bella chica con la bandera de Albania que el realizador, como si estuviéramos en otra década, en otro siglo, pinchó varias veces.


Ella hizo palpitar los corazones más que el Bayern, que en el minuto 40 iba a lanzar una falta y organizó un cónclave en el punto de lanzamiento, reunidos en corrillo como si conspiraran masónicamente. Lucas, de rodillas como en un reclinatorio, hecho a todo y admirable en su disposición mortadelesca, lo miraba a la espera de tenderse para hacer de tope humano, quizás su mejor papel de la noche.


El Bayern fue inconstante en su dominio y demostró ser quebradizo cuando bastó un balón de largo de Lunin a Bellingham al final de la primera parte para crear una ocasión.


Cuando los alemanes no dan miedo, ¿ante qué Europa estamos?


La segunda parte comenzó con un Madrid en bello bloque bajo, con algún intento fugaz de presión arriba. Ni la presión del Bayern se sentía agobiante, ni su capacidad para recuperar. No era el Chelsea infartante de Tuchel.



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Kroos tuvo una ocasión que paró Neuer con su brazo imperial tras contragolpe de Vinicius y Bellingham.


Y cuando el Madrid mejor estaba, quizás hasta demasiado bien, al borde de una superioridad impropia de una semifinal en Munich, superioridad culpable e incómoda, empató Sané con un gran gol. Fue un arreón personal. Partió desde la derecha y cerró un gran tiro zurdo, violento, sorprendente. Mendy no fue regateado, le podemos dar el premio, pero dejó el interior. El espacio entre el lateral izquierdo y el imaginario pivote defensivo es uno de los puntos débiles del Madrid. Punto quizá ciego. ¿No marcó Foden desde ahí?


Tuchel había ajustado a los extremos y tras Sané reapareció Musiala, directo al área a recibir el penalti homenaje de Lucas, que pasó con él las de San Quintín.


Rudiger informó a Lunin, pero Kane, con su cara de comer moscas, no falló.


Cuando el Madrid más cómodo estaba, con sensaciones inconfesables de superioridad, todo cambió. La Champions decía aquí estoy yo.


Respondió el Madrid con Rodrygo por la derecha, por fin, y con cambios, el primero de ellos Camavinga.


Y sobre todo respondió Vinicius, que ya en el 63 tuvo una ocasión.


Musiala encontró en Lucas una víctima, una excentricidad competitiva del Madrid. Tuchel había puesto lo mejor suyo contra lo más débil del Madrid y llegaron unos minutos en los que Lunin tuvo que hacer alguna parada, con saques de esquina peligrosos.


Esto sí se parecía más a un partido contra el Bayern.


Pero el Madrid se reconstruyó. Camavinga ya había mejorado el tono, y ahora llegaban Modric y Brahim. Esos veinte minutos lujosísimos de Modric, que le sentó muy bien a Vinicius. Le dio un pase perfecto para su carrera, otra vez Kim perdido en la savana, en la trampa de seguirle a la zona de extremo.


Y poco después llegó la jugada del penalti. Un pase largo y cruzado de Tchouameni para Vinicius en su posición clásica, ante una defensa tupida; desde ahí se metió en el área pero por dentro, con un recorte y contemporizando para encontrar a Rodrygo, que cuando pudo tener la pelota, con la posición ganada, recibió un penalti.


Vinicius marcó, ante Neuer, que no es cualquier cosa y un plano de Florentino y la dinojunta rivalizó con los de Hoeness y Rummenigge.


En Munich el Madrid demostró ser superior sin terminar de serlo del todo. Cuenta con Vinicius, que es el mejor jugador del mundo. Le puede toser Mbappé y ése sería el sentido de la previsible final de Champions: un Vinicius contra Mbappé para que se jueguen la Copa, el Balón de Oro y quién cede el paso el año que viene en Valdebebas.


Vinicius marcó un gol de nueve, y buscó el penalti del segundo como un extremo que se interioriza, que se hace mediapunta y director. Dio una demostración en Munich como las que sólo habían dado Ramos y Ronaldo. Otra más para él, que ha dejado su firma en los grandes estadios de Europa. Cuanto mejor es el partido, mejor es Vinicius, y esto se puede decir con una seguridad que sólo se tuvo con Cristiano. Que este chico, estrella mundial, y estrella mundial singularísima, única, fuera hasta hace nada el enemigo público de la Liga, acosado en cada campo y puesto en duda hasta la lágrima por prensa y afición revela lo que tenemos en España. No es que Vinicius trajera lo woke a España, es que España (como un nido de defensas alevosos) llevó su invivible monstruosidad a Vinicius.



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