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martes, 1 de septiembre de 2015

Virilidad




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Que, a derecha e izquierda, Felipe González todavía pase en las tertulias (esa demonarquía, o gobierno de las ranas, que decía Alejandro Sawa) por el George Washington de Híspalis tiene guasa.
   
 –¡Ha llegado el momento de las almas viriles! –dijo Washington en ocasión solemne y con frase de Tom Paine.
   
 En su delicioso “¿Matar a Sócrates?” recuerda Gregorio Luri la leyenda socrática según la cual un orador demócrata, Lisias, ofreció a Sócrates un eficaz discurso de defensa, pero él lo rechazó porque, según Cicerón, no lo encontró “fortem et virilem”, pues se trataba de una súplica lacrimosa al jurado que Sócrates, por dignidad, no podía aceptar.

    –Prefirió morir siendo Sócrates a continuar viviendo como Lisias.
    
¿Qué imagen “fortem et virilem” tienen de Gonzalón estos tertulianos socialdemócratas de la “zen-tralidad”? ¿La de la entrada a la cárcel de Guadalajara, acompañando a sus ministros y subordinados condenados por detención ilegal y malversación hasta la puerta?
    
No me pidáis equidistancia entre los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla –escribe Gonzalón (el del expolio de Rumasa) a los catalanes, y un escalofrío de admiración recorre la espalda de tertulianos y políticos, incluida María Soraya.
    
¡Es un estadista!

    “Dios”, llegó a decirle el desaparecido Benegas, antes de lo del “Ser Superior” a Florentino Pérez de Butragueño, que lo había leído en Max Stirner mientras hacía yoga con Ramiro Calle.

    –Nunca hubo –dice Maquiavelo sobre lo sagrado de la ley– un legislador que diese leyes extraordinarias a un pueblo y no recurriese a Dios.
    
Así que, “de la ley a la ley” (Torcuato Fernández-Miranda), y de la ley, gracias a la cultura jurídica del felipismo, a Karmele, “Marianne” de la republiqueta catalana.

    Tampoco se olvide que el Washington sevillano no ve en Pujol a un corrupto:

    –Sólo a un hombre metido en una operación de cobertura hacia los que tiene debajo.
    
Que no son los catalanes, claro, sino sus hijos.