Ricardo Gallardo
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Primera novillada de la temporada en Las Ventas y ¿para qué ir más lejos?, con una novillada de Fuente Ymbro, primera de las muchas veces que veremos este año anunciada esta vacada en la Monumental. Ahora que tenemos a Fuente Ymbro escalando hacia el podio de las «corridas toristas», especialmente a raíz de aquella interesante corrida con la que se despidió de la afición en octubre del año pasado, teníamos puestas nuestras esperanzas en la cosa ganadera, a ver lo que salía. Y lo que salió fue una escalera, desde el segundo, Jalado, número 101, que tenía cuajo, seriedad y hechuras de toro, hasta el lavado tercero, Guardés, número 71, que tenía cara de tonto y proclamaba ciertamente su condición novillil. De fuerzas ninguno salió en plan Sansón y de comportamiento a veces sacaron cierta nobleza, a veces aspereza y, en general la cosa quedó más bien deslucida.
Para despachar las seis prendas que mandó don Ricardo Gallardo desde San José del Valle, las mentes pensantes de la empresa Plaza1 contrataron a Diego Bastos, ya conocido de la cátedra, junto al mairenero Luis Alejandro Mariscal Ruiz y al toluqueño Emiliano Osornio.
Con muchas salvedades el que más apuntó fue Diego Bastos, que en sus irregulares trasteos pareció querer mandar al tendido el mensaje de que él estaba por el toreo caro, el de caer hacia adelante, el de meterse en el viaje. Haciendo eso, por estar en el sitio, consiguió cobrar una cornadita de diez centímetros que le dio el primer novillo como quien no quiere la cosa, con la que le mandó a la enfermería a que le compusieran para volver a salir en el cuarto a aprovechar las embestidas sueltas que le ofreció Mestizo, número 69, y entre medias dejar un espléndido natural que es el único toreo bueno y hondo que se ha visto en esta tarde en la Plaza. Mal con la espada en su primero y mal con la espada en su segundo, deja ganas de que le repitan, por lo que ha apuntado, más que por lo que ha hecho.
Las gentes soltaron sus aplausos para Mariscal Ruiz con sus arrimones y esas cosas tan feas de tirar la ayuda y la muleta a la primera de cambio. Recordemos que este muchacho procede de ese centro de mixtificación taurina llamado «Escuela de Tauromaquia Fundación El Juli» de Arganda del Rey, y que esa losa que lleva sobre sus espaldas es tremenda, pues para ponerse en el camino del toreo verdadero lo primero que debe hacer es olvidar todo lo que le enseñaron. En ese sentido, planteó la típica cosa contemporánea triste y aburrida del cite por las afueras, la ventaja, el toreo con el pico y demás añagazas. El hombre tiró de raza para suplir sus carencias y con ese desgarro y la voltereta se llevó de calle a los más impresionables, pero el conjunto de su actuación no apunta en ninguna dirección buena.
Y el mejicano Emiliano Osornio nos deleitó con una fantasía de delantales rematados con una airosa revolera, un soplo de aire fresco frente a las verónicas de pegolete de los otros dos y mostró su oficio y su temple, si bien nunca osó traspasar la línea donde el toreo se hace grande y prefirió quedarse al hilo del pitón por lo que pudiera pasar. A su primero lo mató metiendo el estoque de manera habilidosa, como a capón, y a su segundo lo pinchó primeramente y después le dejó una estocada entera y efectiva.
Poco dio de si la tarde, pero dejemos anotados un par de banderillas de Iván García y su excelente brega. De los picadores, mejor ni hablar. La Presidencia ni se notó que estuviera, que es el mejor elogio que se le puede hacer a don Víctor Oliver.