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miércoles, 8 de octubre de 2014

El Mal Es Aquello Que No Puede Prohibirse





(Una lanza por la... continuidad del Toro de la Vega)

Jean PALETTE-CAZAJUS

Hace años ya que la celebración anual del Toro de la Vega en la localidad vallisoletana de Tordesillas suscita la indignación  mediática de significados sectores sociales . Este año, el diario El País ha dado un paso adelante en su, hasta ahora, más discreta reprobación del evento, llamando a su pronta prohibición. Acto seguido, y sin que me sienta capaz de afirmar que se trata de una relación de causalidad, el nuevo Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, ha declarado  que de regresar al poder su partido, acabaría con tan bárbara tradición mientras numerosos “famosos” clamaban por lo mismo. Un artículo del diario citado reunía 3188 comentarios, casi todos indignados, una ínfima minoría escépticos y hostiles a ambos bandos. Por mi parte, reafirmándome en la machadiana actitud de los aficionados lúcidos que antes que al torero prefieren silbar el ovejuno aplauso, intentaré esbozar, aunque sea a vuelapluma, las razones de mi disenso frente a tanta unanimidad.

Recurriendo a la vieja terminología kantiana, diré primero que tengo la «convicción » de que si la muerte del Toro de la Vega es cruenta, dramática, trágica, en ningún caso es un crimen. En cambio tengo la «certeza» de que la ideología de los «animalistas» no refleja una ejemplarizante moral, sino, al contrario, su “minusculización”, la chata depravación de lo que deben ser sus verdaderos fundamentos. Otra de las pocas certezas que sobreviven en el mar de mis dudas, es que los aficionados a los Ritos y Juegos Táuricos no se caracterizan por una propensión a la violencia superior a la del resto de la población. Me atrevería a pensar  incluso que su peligrosidad es menor.

Una ideología de la facilidad

Si la muy noble y honrosa defensa de los animales constituye desde hace años tamaño «trending topic», es por la tremenda facilidad con que todo el mundo se puede identificar con ella. Facilidad y simplismo son palabras que nos van a acompañar hasta el final en este asunto, ya que esta ideología –creo que es la palabra adecuada–  ofrece valores y palabras particularmente gratificantes para los egos  de escasa consistencia. Evidencia fácil de la barbarie del Toro de la Vega. Facilidad del juicio moral. Facilidad de sentirse parte del clan de los «buenos». Facilidad de poder disfrutar, sin tapujos, de un sentimiento aún más gratificante que el amor lacrimoso por los animales: el odio, el hermoso odio reconcentrado que se explaya sin pudor en todos los foros zoofílicos, sin el menor pudor verbal, frente a los «untermensch» bárbaros. Y facilidad para la compasión, sentimiento hermoso, absolutamente necesario para acceder al ser humano e imprescindible fundamento de la moral, pero incapaz de fundarla por sí solo. Sentimiento, en cambio, fácilmente reversible en autocompasión, afecto ése el más ruin y perverso como bien sabía J. J. Rousseau.

Facilidad, en fin, para explayar a gusto todas las variantes y facetas de tal ideología, porque si bien es cierto que Tom Regan, su filósofo de cabecera, suele pretender que los animales son «sujetos de la propia vida», en la realidad, los zoófilos actúan para un mundo de entes pasivos, mudos. En ningún caso sujetos, los animales son, literalmente, el objeto dúctil, maleable, de su discurso. En la insípida comedia animalista, los papeles y el guión son transparentes: se sabe quiénes son los forajidos, quiénes los héroes salvadores, quiénes las víctimas agradecidas. En la impenetrable jungla de la condición humana, en cambio, sólo cabe suspirar con San Agustín: «Quaestio mihi factus sum».

¿Qué nos separa de los animalistas? No sé cuántos  aficionados a los Juegos y Ritos Táuricos se atreven a hacerse la pregunta. Ni cuántos la consideran siquiera legítima. No debería ser necesario ampararme en la sombra tutelar de Lévi-Strauss para recordar que no hay identidad posible sin conocimiento previo de la diferencia. En mi caso, paso más tiempo en territorio comanche, consultando literatura «enemiga», que leyendo literatura taurina cuyos textos realmente necesarios aparecen con cuentagotas. Me consterna comprobar que muchos excelentes aficionados lo ignoran todo de la potencia del ejército de enfrente, infinitamente más numeroso que el nuestro, mejor equipado, más disciplinado, y logísticamente mejor comunicado con la sociedad. La actitud habitual se puede resumir recurriendo al viejo corrido mejicano: «¡Si los animalistas tienen cañones, los aficionados tenemos c...... !» 

Antispecismo y unicidad de la Vida

 El caudal inmenso de conocimientos contrastados acumulado por la biología evolutiva y la Genética ya no nos permite dudar de la unicidad fundamental de la Vida tal como la refleja la historia del Genoma, y haría falta mucha mala fe (sin mayúscula ni segundas y torpes intenciones) para no admitir la identidad biológica fundamental entre el ser humano y todas las demás manifestaciones de la Vida, trátese de la ameba o del toro de lidia. Es decir que hace mucho tiempo que no podemos hablar de ruptura óntica, diferencia de esencia, entre el ser humano y el animal en base a la cual fundamentar una superioridad del primero sobre el segundo. Postular una especificidad humana en términos de trascendencia supone dar la espalda a la totalidad de nuestra cultura científica desde hace 150 años.

Entre los animalistas hay seguidores del catolicismo romano, del budismo más «bobó» (importante el acento). Muchos se complacen en el mullido colchón de la fraternidad panteísta o de la dulzura franciscana con «fratello lobo» y «fratello toro». Pero la mayoría proclaman una ideología antispecista que fundamentan sobre las mismas evidencias biológicas y genéticas con que he iniciado el párrafo. Infieren lógicamente que la pertenencia a nuestra especie no nos confiere el derecho a usar las demás para abusar de ellas. Hasta aquí estamos de acuerdo.

 En cambio, los animalistas padecen lamentables baches de memoria cuando se trata de admitir que las ramificaciones aleatorias, de tipo paleontológico, genético, ambiental o antropológico, generadas en la evolución humana desde hace millones de años, han ido creando una diferencia abismal entre el hombre y el propio chimpancé, por elegir nuestro «primo» evolutivo más próximo. De no ser por la hojarasca «espiritualista» que emborrona el término, no dudaría en hablar de «emergencia» para calificar la inmensidad profusa del caudal técnico, simbólico, cognitivo, pero también sensitivo -veremos que el dato es importante-  acumulado por el Hombre.

Resumiendo: al levantarme por la mañana no me siento «superior» a la langosta y al toro de lidia, pero sí rotundamente inconmensurable con ellos. Reprocharle al Hombre un presunto antropocentrismo dominador con los animales me parece que es equivocarse de planeta. Hoy el Hombre no es siquiera el centro de sí mismo y ha dejado de ser hace tiempo su propia referencia. ¿A quién se le ocurriría ser antropocéntrico desde que Rimbaud entendió que incluso «Je est un autre»?


El animismo fundamental

Hace años que los etólogos hablan de culturas animales. ¿Quién se ofuscaría por ello? Si aceptamos la ausencia de ruptura óntica con los animales, si aceptamos la identidad biológica de los seres vivientes, ¿por qué no habría efectivamente emergencia de rasgos culturales en otras especies que la humana? Lo extraño, para quienes, como yo, asumen su proximidad con el naturalismo evolutivo, hubiese sido lo contrario. Pero los periodistas gárrulos que se hicieron eco de las primeras noticias se apresuraron a titular memeces del tipo «la última frontera entre el Hombre y el animal acaba de caer», ¡cual vulgar muro de Berlín!

El problema es que la cultura chimpancé, la más “rica” de las repertoriadas, consta,10 arriba,10 abajo, de unos 60 gestos culturales, todos ellos técnicos y muy rudimentarios, sin rastro de elementos simbólicos o portadores de una mínima complejidad cognitiva. Estas manifestaciones ciertamente deben llamarse culturales, ya que se trata de comportamientos transmitidos y no heredados. La comparación con las culturas humanas es pues inevitable y el balance resultante es, al pie de la letra, insignificante. La introducción del concepto de culturas animales, en lugar de contribuir a colmar, como se podía esperar, el hiato relacional con ellos, potencia la particularidad de nuestra especie y hace las diferencias aún más oceánicas. Los animalistas no pueden negar ni el abismo cultural que nos separa, ni el desalentador “Silence des bêtes” como dice E. de Fontenay, filosofa “animalista moderada” y civilizada.

Llevan entonces a sus últimas consecuencias la forma de acceso a los animales que inventó la especie humana, hace varias decenas de miles de años, para mitigar la perplejidad que le producía tener que compartir el mundo con seres vivos, mudos, infinitamente diversos entre ellos, y radicalmente diferentes de nosotros: el animismo fundamental. El animismo consiste en atribuir a los animales, pero también a muchas entidades naturales, bosques, ríos, elementos, una interioridad o una intencionalidad humanas. Es el régimen ontológico, el modo de aprensión del mundo que sigue siendo el de las poblaciones indígenas de la cuenca amazónica.

En nuestros contextos solemos hablar más habitualmente de antropomorfismo. No dudamos así que nuestro chucho sea “más inteligente que muchas personas”, le hablamos como si nada, y hasta pretendemos que nos entiende. Sin embargo, no le comentamos la actualidad política. Los llamados sicólogos evolucionistas piensan que dada la vertiginosa diferencia de magnitud cronológica entre el ritmo evolutivo de las culturas humanas y el de las especies, nosotros seguimos manteniendo las neuronas de los cazadores recolectores. Lo cual aclararía muchos de los comportamientos que estoy intentando explicar aquí y que siguen obliterando, de forma mucho más invasiva de lo que creemos, nuestra relación cotidiana con los animales.

Por desgracia, de forma harto imprudente y por otra parte etológicamente incorrecta, también los aficionados a los ritos táuricos han manejado desde siempre, para referirse al toro, un vocabulario antropomórfico, aristocratizante y claramente deóntico. Coinciden así con los animalistas en la atribución al toro de una “interioridad”, heroica para ellos, victimizada para los otros.


La aludida capacidad de la mente humana para dotar de intencionalidad cualquier comportamiento animado es un recurso favorito de los justamente llamados “dibujos animados”. Un rectángulo vertical, mucho más alto que ancho, dotado de movimientos rápidos será interpretado como una persona alta, esbelta, alegre y vivaracha. En cambio una esfera dotada de movimientos lentos será interpretada como un ser obeso, torpe, triste o enfermo. Bob Esponja, el  protagonista del exitoso dibujo animado, y otros varios personajes son la mejor ilustración de lo que vengo enunciando.

Quien reacciona frente a este tipo de situaciones es un inconsciente cognitivo enraizado en el cuerpo. Todas las significaciones elementales que constituyen los cimientos del lenguaje y del pensamiento habrán brotado así de unos pocos cientos de metáforas primarias que la mente extrae del conjunto de la actividad corporal. La formulación inglesa, Embodied Mind, que usan Lakoff y Johnson, estudiosos del tema, es la que mejor refleja los fundamentos del proceso. Si nos identificamos humanamente con el irrisorio rectángulo amarillo llamado Bob Esponja, cómo no vamos a sentirnos traspasados por los siete puñales de la agonía al ver alanceado el Toro de la Vega.

Inteligencia animal

Los medios nos abruman con la exhibición de tests, más o menos científicos, sobre inteligencia animal. Puntualicemos, de paso, que preguntar por qué estudiamos los animales en lugar de que ellos nos estudien sigue siendo una pregunta axial. No hace mucho, nos han infligido en bucle el test donde aparecía Ayumu, chimpancé japonés que memorizaba, en medio segundo, 9 cifras de una pantalla, siendo capaz acto seguido de reconocerlas en el orden lógico en otra pantalla. Los currinches estúpidos (¿pleonasmo?) inundaron el mundo con titulares parecidos al que tengo ante los ojos, en francés, del 18 de febrero del 2013: “¿Son los chimpancés más inteligentes que los humanos?”. ¡Más que tú, desde luego!

Recordemos en primer lugar que este test tiene que ver con la memoria y no con la inteligencia. Recordemos a continuación, que todos estos tests funcionan siempre según la formula estímulo/recompensa de cuyo círculo tóxico no saben salir ni los bichos más inteligentes. Nuestro Einstein potencial renunciaba, pues, con modestia al Nobel, a cambio de un cacahuete. ¿Deberemos recordar que, en el mundo de Ayumu y sus congéneres, carente de cualquier soporte artificial de la memoria, sin el habla, que engendra una memoria social compartida, ni la escritura, que permite almacenarla, les trae mucha cuenta a nuestros chimpancés procesar lo más rápidamente posible los estímulos visuales de su entorno natural? En cambio, en nuestra especie, e Internet no arregla las cosas, las encuestas detectan una merma progresiva de la memoria entre los escolares.

El caso es que a nadie se le ha ocurrido nunca lidiar primates “homininis” como dice la taxonomía actual. Por más que ningún chimpancé se haya sentado siquiera en las sillitas de un parvulario, aún así, no cabe dudar de que es vertiginosa la superioridad cognitiva que lo distancia de un animal tan rudimentario como el toro. Sabiendo que los felinos, sus predadores naturales, suelen tener muchas más neuronas que los bóvidos, no debo de andar muy equivocado si postulo, para el toro, un contenido neuronal 40 o 50 veces inferior al del ser humano. Detrás de la frente plana y espesa se perfila un cuerpo que consta esencialmente de cuatro estómagos (panza, bonete, libro y cuajar) sobre cuatro patas. 60% del tiempo lo dedica a masticar. En base a 40.000 golpes de mandíbula al día, 10.000 para ingerir, 30.000 para rumiar. Poco tiempo pues para dedicar a la poesía elegíaca.


A esta ambulante máquina de digerir y producir metano le ha proporcionado la evolución dos defensas contra los predadores y una dinámica locomotora que la irresistible capacidad humana para producir significación, como decía Lévi-Strauss, ha puesto al servicio de prácticas culturales. Improbables en un principio, hoy son portadoras de una capacidad de homeostasis social absolutamente negada y despreciada por los animalistas e ignorada por la inmensa mayoría de la sociedad.

Intuyo que mi somera y rústica descripción del toro resultará provocativa. Pero enfoques como el de Pitt-Rivers o el de Delgado Ruiz, mucho más denso y sugestivo, ya no constituyen más que Juegos y Ritos de la Metáfora frente a las nuevas características de la lucha táurica por la supervivencia. En 1967, un tal S. Aulestia podía escribir que “el toro adámico se libera y asciende a los cielos, al Olimpo, a los Campos Elíseos, al mundo arquetípico, en donde reinará como toro-celeste, en la Tierra, en la Plaza, en el ruedo, en la Fiesta.” Conviene dudar de la capacidad de perforación de este tipos de obuses sobre los blindajes de las panzerdivisionen animalistas.

Este asombroso ejemplo de oquedad diarréica es el equivalente inverso de los plañidos irrestañables con que nos abruma la compasión animalista. Entre unos y otros, se pierden las ganas de recordar que ni la historia evolutiva del toro, ni su realidad neurofisiológica autorizan un solo instante a creer, como hemos intentado sugerirlo, que pueda ser portador de algo mínimamente parecido al síndrome de emociones y sentimientos humanizados que ambos antropomorfismos proyectan sobre él.

Apuntes neurofisiológicos
  
Los animalistas, ellos, prefieren olvidar descaradamente que no solamente la evolución de cada especie es específica e irrepetible, sino que las especies van divergiendo entre ellas, se alejan unas de otras, no se acercan. La escala temporal del proceso es de tal magnitud que nos resulta imperceptible, pero la Vida no es, etimológicamente, unánime: No posee un “alma” única, sino muchas y cada vez más distanciadas.

Usando la terminología del  estupendo Antonio Damasio, podemos decir que el toro de lidia supera el nivel llamado Proto sí mismo por el neurobiólogo y únicamente definido por las sensaciones llegadas al cerebro desde las percepciones neurales y endocrinas del organismo. Posee evidentemente el Sí mismo central que garantiza el acceso a los objetos de su etología propia, alimento, reproducción, agresión, defensa, mediante la toma de decisiones básicas. Y si bien a un nivel muy inferior al chimpancé, al elefante o incluso al perro doméstico, el toro de lidia accede sin duda a una forma muy rudimentaria de lo que el científico lusoamericano llama Sí mismo autobiográfico, puesto que manifiesta rasgos de memoria y de identificación de sujetos de su entorno. Un sí mismo autobiográfico cuyo nivel en ningún momento autoriza a pensar que tenga acceso a las formas más elementales de metapensamiento o de pensamiento autoreversible, básicos en el origen de la conciencia humana.


Debemos detenernos un instante aquí para entender la base fraudulenta del antropomorfismo animalista. Un estado mental parecido al que acabamos de esbozar para el toro fue probablemente el de muy lejanos antepasados nuestros hace muchos millones de años. El resultado actual de nuestra particularidad evolutiva y los conocimientos que nos ha permitido alcanzar -absolutamente impredecibles, claro, desde el atalaya de aquellos tiempos, pues la evolución no tiene ni programa ni finalidad- nos permiten decir, retroactivamente, que aquel lejanísimo estado mental constituyó los cimientos de nuestra casa, para referirnos, con dudosa metáfora, a nuestro estado consciente actual.

 El escandaloso tocomocho de los animalistas consiste en insinuar que los cimientos, tratándose del toro, son la casa. Desde una postura sin base científica, arbitraria, producto exclusivo del dogmatismo militante, postulan, en las profundidades de sus protegidos, una misteriosa latencia, una sensibilidad nebulosa, confusamente equiparable a la humana. Una espléndida frase de Lessing parece escrita para contestar a la irracionalidad y la endeblez de esta superchería: “Solo con el Hombre la Naturaleza abre los ojos y se da cuenta de que existe.”

Dolor y sufrimiento

Pero la creencia animalista es un fundamentalismo de la subjetividad y no se arredra ante este tipo de razonamientos. Su fe en la santidad victimada del toro es inquebrantable y difícilmente rebatible. Puedo dudar de la existencia de Dios; no puedo dudar de la existencia del toro. No puedo probar la inexistencia de Dios; tampoco la de ese presunto “homúnculo” sufriente, agazapado en no se sabe qué parte de los entresijos del toro. Tampoco ellos, me objetarán, pueden probar sus fantasías. Ciertamente, pero tienen la enorme ventaja del tsunami lacrimal con que nos arrollan e inundan los medios. Se amparan en las tendencias antropomórficas que siguen activas, acabamos de verlo, en la arqueología de la mente humana, e imponen en muchas cabezas la precedencia de la emoción inmediata sobre las razones mediatas.

Y se apoyan en la la famosa cita de Jeremy Bentham, sin duda una frase-estrella entre las referencias animalistas de combate, por su aparente evidencia perturbadora: “La cuestión no es ¿pueden razonar?, o ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?” Como no somos alimañas, quedaremos impresionados durante unos segundos. Pero, al poco rato nuestra razón nos llevará a preguntar cómo puede ser posible que un animal que no comparte con nosotros ninguna de nuestras facultades de conciencia y de raciocinio, por más que dudemos de ellas, pueda en cambio experimentar el sufrimiento de manera absolutamente similar a la nuestra.

Para empezar, no confundamos dolor y sufrimiento. El sufrimiento es humano porque es la versión empática del dolor; empatía con el Otro; empatía consigo mismo.  En El error de Descartes, libro que publicara hace años, Damasio se esforzaba en mostrar cómo el desarrollo de la inteligencia y de la conciencia en el Hombre eran inseparables del desarrollo emocional. Las facultades humanas, sean mentales, emocionales o sensitivas se desarrollan a un mismo tiempo y no pueden aislarse del conjunto de nuestras percepciones corporales, con su peculiar complejidad: dime el cuerpo y la mente que tienes y podré colegir tus niveles de dolor y tu puerta  de acceso al sufrimiento

El dolor se califica clásicamente como una experiencia sensorial y emocional desagradable. Los organismos vivos más primitivos confrontados  a una sensación desagradable u objetivamente dolorosa tienen reacciones de contracción o de huida. Es el caso de la Aplysia, o liebre de mar, particularmente estudiada por los neurocientíficos por el fácil acceso a sus 10/ 20.000 neuronas ( 5/10 millones de veces menos que nosotros). De modo que no cabe hablar, aquí, de una experiencia “subjetiva” del dolor. En el otro extremo, en nuestros hospitales modernos, la habitual pregunta consistente en evaluar el dolor sobre una escala entre uno y diez suscita, en los pacientes, y para dolores razonablemente considerados como  equivalentes, respuestas muy diferentes. Influyen la diferente experiencia vital de cada uno, su historia social, su nivel de aprensión, o el conocimiento que tiene de la gravedad objetiva de su situación y de los riesgos que corre. He tenido desafortunadamente recientes oportunidades de reflexionar sobre el tema. 

Pasión y compasión

Dudo que el toro de lidia tenga una experiencia del dolor muy diferente de la que Bos Primigenius pudo tener hace millones de años. En cambio desde los primeros homínidos, fuesen antecesores, o no, del género Homo, la excepcionalidad de los  numerosos eventos evolutivos que llevaron hasta el hombre actual ocasionaron progresivamente trascendentes modificaciones en la percepción sicológica y física del dolor. Hasta el punto de que, para nosotros, la conciencia del dolor se confunde con el hecho perceptivo del dolor cuando son dos categorías neurobiológicas distintas. El dolor de Homo Habilis era probablemente distinto del de los primeros Sapiens, y el de Sapiens del nuestro aunque sólo fuese porque, en sus durísimas condiciones ambientales, el dolor era casi cotidiano y la naturaleza le había dotado necesariamente con un nivel de resistencia incomparable con el nuestro. Somos urbanos sensibleros, y evolucionamos en un entorno donde el dolor quedó excluido de la vida cotidiana.


Por eso importa aludir aquí a las famosas neuronas-espejo, descubiertas en 1996, y fundamentales en la activación de la imitación y de la empatía. Son efectivamente las neuronas de la compasión, y hasta podríamos bautizarlas “neuronas de los animalistas” ya que gracias a ellas, en primer lugar, padecemos-con-el-toro, o eso pensamos, y en segundo lugar experimentamos dos sentimientos conexos y concomitantes: compadecemos al toro y nos compadecemos de nosotros. Es este último sentimiento el más decisivo, ya que nos imaginamos alanceados como el Toro de la Vega, y el sentimiento horroroso que genera esa  improbable posibilidad, es fruto de la agudeza de nuestra imaginación y de la intensidad de nuestra conciencia.

Ausentes estos dos elementos de la cabeza del toro, tenemos derecho a pensar que la intensidad del dolor es probablemente proporcional a la complejidad de los organismos y a la intensidad cualitativa de su relación total con el ecosistema. Me atrevería, pues, a decir que el dolor empático de aquella guapa militante animalista, entrevista aquel día en la tele, llorosa y extática cual dolorosa bajo palio, fue superior al que pudo experimentar el toro. Porque se había transformado en sufrimiento, que es lo que  surge cuando el dolor pasa por la conciencia y despierta la perspectiva de la Muerte. Es decir, cuando se vuelve humano.

El Toro de la Vega murió sin saber que moría
El Ser-hacia-la-Muerte no es el toro: dudar de que el Hombre sea lo que realmente cree que es, pienso que debería  ser una de las tareas más urgentes en nuestro próximo horizonte viendo como hay quienes interpretan la muerte del Toro de la Vega como un crimen inexpiable mientras otros se dedican a rebanarle el gañote a sus semejantes y lo pregonan como máxima prez del hombre sumiso a Dios.

Y es que la conciencia, observa Damasio, tiene sus ventajas y sus desventajas. A efectos evolutivos, me gustaría ver quién es el guapo que se atreviera a decidir que la conciencia humana es una ventaja para la continuidad de la especie humana o al contrario la pone en peligro. Razonando en términos evolutivos la conciencia, tal como la definimos a través de nuestra experiencia solipsista, es estrictamente innecesaria para la vida de las especies. Durante cientos de millones de años, miles y miles de especies han aparecido, han evolucionado, se han extinguido, sin conocer jamás nada parecido a lo que los humanos llaman conciencia. De hecho, seguimos siendo la única excepción y las especies que hoy están en peligro no lo están por carecer de conciencia, sino por padecer las lagunas de la nuestra. Inherente al individuo humano, la conciencia es absolutamente innecesaria para su devenir como especie biológica. La magnitud de nuestros conocimientos sólo contribuye a resaltar la incertidumbre de nuestro horizonte .

El añorado maestro Lévi-Strauss decía, en frase compacta y difícilmente traducible: “La seule chose que nous sachions, c'est que nous ne savons rien et le sachant, nous ne savons même pas si ce savoir en est un”. Podríamos decir: “Lo único que sabemos es que no sabemos nada y sabido esto, no sabemos qué es el saber ni en qué consiste”. La inmensidad de nuestros conocimientos técnicos, la suma infinita de nuestras capacidades simbólicas, el mar sin fondo y la versatilidad de nuestros afectos, no son más que el  comentario desesperado que venimos haciendo sobre nuestra finitud. Quien se atreva ya a proponer una definición del Hombre se condena a la futilidad después de que Heidegger lo consagrara “Das Sein-zum-Tode”, el Ser-hacia-la-Muerte.

La transitoriedad biológica de los individuos que la componen es la condición de la perpetuación de toda especie. Pero la perpetuación de nuestra especie ha terminado engendrando un tipo particular de individuos, los únicos en cobrar conciencia de su transitoriedad biológica, tras lo cual, y en lugar de suicidarse, han optado por la ilusión de existir. No obstante, como Peter Sloterdijk, pero antes que él, he pensado siempre que la frase filosófica más importante del Siglo XX es efectivamente aquella con que Albert Camus abrió El Mito de Sísifo: “Il n'y a qu'un problème philosophique vraiment sérieux, c'est le suicide”.

Importan las reglas, no la violencia

Si los animalistas antropomorfizan de modo patológico los animales, en cambio no dudan en animalizar caricaturalmente los actores y espectadores de los Juegos y Ritos Táuricos, calificándolos de sádicos. Los escritores de la Generación del 98 han dedicado muchísimas páginas a la España negra y solanesca crudamente simbolizada por las capeas tumultuarias de aquella sociedad rural. Pero si bastantes intelectuales veían en Los Toros la causa de los males de la Patria, era por motivos ajenos al histerismo compasional de los actuales animalistas. Hoy, en cambio, la violencia colateral y maligna que sigue empañando en ocasiones  las fiestas de toros ya no es achacable a una casi desaparecida España rural, de mozos velazqueños avinados y bárbaros. Procede ahora de la cultura suburbana y los gallitos de pueblo, un punto bestiales, han sido sustituidos por macarras patéticos y estúpidos como los que aparecen en una foto tan alucinante como sórdida, publicada por El País el 19 de Septiembre. Guapean ufanos a ambos lados de un coche con el maletero abierto, en cuyo fondo yace encogido, embutido y  amarrado como un saco, un toro de espléndida arboladura.   

El etnólogo Sergio dalla Bernardina ha estudiado las motivaciones, a veces muy tortuosas, de este tipo de violencia. Si eran frecuentes en las capeas tumultuarias, no es el caso en las celebraciones táuricas ritualizadas donde un conjunto de reglas y obligaciones normativas particularmente estrictas interponen, entre el toro y los posibles instintos negativos, el muro de la institución social y de las leyes de la comunidad. El peso casi litúrgico de las reglas crea una obligación deóntica.

Si los ritos táuricos cruentos resultan hoy tan escandalosos es porque son la única manifestación publica de la muerte -¡hablo, claro, de nuestras sociedades!-,  donde se exhibe sin tapujos, con su implacable evidencia yerta, bajo una luz cenital. En los ritos táuricos el acto de la muerte aparece desnudo, crudo, transparente a sí mismo y a la sociedad, sin antecedentes ni consecuencias, totalmente carente de odio, ni de ponzoñas sociales. Por su carácter público y ejemplar, por sus espacios privativos (la Plaza de Toros, la Vega de Tordesillas...), por su periodicidad (anual, en el caso que nos ocupa), la muerte del toro amansa el crimen intrahumano y lo arrastra fuera de la Polis.

Es esta exterioridad social de la violencia sobre el toro la que nos permitirá mostrar que la postura animalista es una impostura moral. Los hombres que matan toros no lo hacen con nocturnidad y alevosía sádica, la simple idea resulta grotesca. La muerte del toro es siempre un elemento necesario, pero jamás suficiente. Lo importante es cumplir con el ritual público normativo al final del cual se puede conseguir un prestigio social particularmente gratificante, siempre y cuando se respeten las ya citadas reglas y quien mate al toro lo haga con peligro de su propia vida.

Voto más bien piadoso cuando sabemos que la cultura urbana actual ha perdido prácticamente el sentido de la continuidad institucional, esencial en la perpetuación de los ritos y respinga frente a cualquier imposición normativa. Y es así como, el año pasado, en Tordesillas, los participantes que alancearon al toro transgredieron dos reglas básicas del rito que están encargados de perpetuar, haciéndolo en grupo y no de uno en uno, como es preceptivo y, para mayor inri, tras alcanzar el animal los terrenos donde ya queda prohibido matarlo.

El mal es aquello que no puede prohibirse

Todo el mundo sabe que es más fácil matar a un Hombre que matar a un  animal. Los progresistas angelicales tienen razón al negar la existencia del mal. De existir sería un “Alien” agazapado  e invisible que surge inesperadamente de las tinieblas exteriores para asestar su sangriento zarpazo. El mal somos nosotros y no existe fuera de nosotros. Hannah Arendt pudo hablar de la banalidad del mal porque el Sr Eichmann era un funcionario modélico que contó durante su proceso que la norma de su vida había sido el kantiano imperativo categórico.


Durante cien días, los buenos labradores hutus se levantaron como siempre, cogieron su machete y en lugar de salir al campo a partir raíces de mandioca, se dedicaron a hacer picadillo con la carne viva de los tutsis. Paraban para comer, charlar y descansar. No tienen remordimientos: “Fue una mala época”, suelen decir. Cada pocas semanas se suicida algún adolescente para huir del acoso despiadado a que lo someten sus compañeros de instituto. Víctima y verdugos suelen ser idénticamente simpáticos, guapos y saludables.

 El mal, precisamente, es aquello que no puede prohibirse. Lo que se puede prohibir, puede no ser positivo, en ningún caso es el mal. La violencia humana y los ritos táuricos cruentos son universos solipsistas y radicalmente inconexos. Prohibir las corridas de toros en Cataluña no le ha restado un ápice a la suma de dolor en el mundo. Prohibir el toro de la Vega no induciría el más mínimo paso adelante en la disminución de la violencia humana. Moralmente, tal prohibición sería un “brindis al sol” encargado de ocultar la realidad de una impotencia indiferente ante el mal verdadero. La blandura anímica de los  animalistas se recrea en una compasión extraviada que ha perdido de vista el camino escarpado de la Moral.

Si le reprocháis a un animalista preocuparse más por el Toro de la Vega que por David Haines, el cooperante británico atrozmente degollado y decapitado, el día anterior, por unas alimañas hirsutas, contestará indignado: “Lo uno no quita lo otro”. Pensaréis avergonzados: “También es cierto”.  Lamentable error. Porque la militancia filoanimalista es un narcótico de dedicación exclusiva, obsesiva y les lleva a una mezcla de indiferencia y de ceguera frente a la realidad del mundo. En ningún otro grupo humano se puede apreciar mejor el tránsito de un sentimiento noble, la compasión, a un sentimiento perverso, la autocompasión cuyas desbordantes manifestaciones me dejan atónito y también bastante asustado. Hay en ellas algo muy excesivo, indecente, que confirma lo que decía al principio: la mayor ventaja del “alma” animal, de ese supuesto sujeto, es que lo podemos controlar como un juguete afectivo, ejercer sobre él, sin cortapisas, nuestra pulsión de apoderamiento, mientras el entorno humano es espeso, hostil, inmanejable y siempre a punto, él, de apoderarse de nosotros. Persuadidos de ser los puros y los elegidos, los animalistas suelen pasear sobre la humanidad una mirada desconfiada y desdeñosa.

Desconsuelo verbal y secano moral

Citaré uno solo de los miles de comentarios publicados en los medios, que me parece luminoso al respecto: “Hoy han asesinado a un ser haciendo correr ríos de sangre inocente, y ese asesinato miserable ha sido haciendo sufrir al máximo a un ser inocente, un ser con sentimientos, que siente dolor y que sufre”. Ni yo, ni esta persona ambicionamos el Nobel de Literatura, pero nada como esta redundancia, esta machacona repetición de palabras y adjetivos, consciente, voluntaria, podía ilustrar mejor el “colocón” dolorista, la borrachera compasional. Me produce la sensación de un motor que gira en vacío, pasado de revoluciones y con riesgo de explotar. Ni esta persona ni los miles que han clamado su indignación en las redes sociales se expresarían de esa forma hemorrágica para comentar la violencia o el dolor humanos. Este exhibicionismo patológico de la propia bondad caracteriza los proselitismos religiosos más propensos a la violencia ciega contra quienes rechazan sus dogmas. Es el lenguaje, hoy, de los islamistas más sanguinarios. Apuesto que ni uno de estos miles de comentaristas ha dedicado una línea al suplicio atroz de David Haines y de hacerlo alguno, puedo asegurar que el tono sería comedido, porque “buena parte de la culpa la tenemos los occidentales y no conviene satanizar al otro”. Salvo si es aficionado a los Juegos y Ritos Táuricos.

Delgado Ruiz veía el toro como un avatar sobrenatural de Cristo Sacrificado. Los animalistas lo ven como un avatar hipernatural del Hombre Sacrificado. Cuanto más mudo y ataráxico es el animal más le postulan un corazón radiactivo, como el de la central de Fukushima, dotado de una carga explosiva de sensibilidad y sufrimiento, conectada con la implosiva carga compasional que llena el corazón de sus “defensores”. La consiguiente reacción fisible transforma el espacio circundante en un “invierno nuclear”, cuyas radiaciones vitrifican la complejidad de los afectos humanos y pretenden esterilizar cualquier otra forma de sensibilidad, más profusa y exigente. Frecuentemente críticos con la democracia occidental, los animalistas se benefician más que nadie de los valores mullidos que hasta ahora ha podido garantizarles. Su autismo obsesivo les impide darse cuenta de que pronto dejará de ser ésta la fortaleza a cuyo amparo toritos buenos y animalistas generosos podrían retozar juntos en una futura Arcadia para mostrarse como lo que es: un frágil capullo acechado por violencias inauditas y vesánicas.

Pero el cuadro no estaría completo si olvidásemos que también habita su corazón un sentimiento menos complejo y sinuoso, el odio clásico, con tendencia a la negación del Otro, expresado muchas veces con verbo homicida. Para ilustrarlo traeré un dibujo, mediocre, de un dibujante llamado Ramón, publicado en El País, el 16 de Septiembre. Unos toros mal garabateados, montan (¡!) unos caballos de lo mismo, portando, a modo de lanzas, estilográficas y lapices. El “bocadillo” dice:”A esos las cultura no hay que dársela; hay que clavársela”.

La sustancia peligrosa de los seres vivos

No tengo la más mínima duda de que el Toro de la Vega ha muerto con la ignorancia de lo que le sucedía. Tampoco tengo duda de que las palabras que utilizo para hablar de él no se corresponden con ninguna de las categorías de su acceso a la experiencia vital : “ignorancia” y “suceso” son palabras sólo aplicables a la manera con que la mente humana recorta el mundo y lo desglosa el lenguaje. Pero de mi absoluto rechazo a cualquier hipótesis antropomórfica no cabe inferir la más mínima connivencia con las hipótesis de Descartes, más radicales aún en su discípulo La Mettrie, sobre el “animal-máquina”.

Habrá quedado claro que no recurro nunca a la trascendencia en estos apuntes. Como le contestó el astrónomo Laplace a Bonaparte,“no necesito esta hipótesis”. Mi concepción de la Vida es estrictamente naturalista y la mayúscula sirve para aislar el concepto. Pero sirve también para expresar el profundo respeto que el ser humano debe mostrar por sus manifestaciones. Lo contrario sería negar la dignidad de la persona humana. Digamos, parafraseando la hermosa frase de Lessing, que cuando el hombre abre los ojos, la naturaleza se convierte en la totalidad de su cuerpo y en la continuidad de su ser. Fuera de la cadena trófica, la decisión de sacrificar un animal nunca puede ser baladí, pues de lo contrario sería baladí la propia condición humana. Por eso en los Juegos y Ritos Táuricos quien pretende matar al toro debe exponerse al peligro. Por eso, en la plaza, silbamos incluso los capotazos intrascendentes cuando se dan desde el callejón.

Esto no es más que un esbozo que apunta sugerencias, desbroza vías de acceso a un problema denso, busca claros en el bosque. Y resulta que mi párrafo conclusivo aborda el tema más conflictivo de todos los abordados aquí. Un tema sin duda aporético, contradictorio, desafío lógico y callejón sin salida del pensamiento. Sólo se podría tratar con tiempo, amplitud, seriedad y coherencia. Considero desde hace muchos años que el buen aficionado  es aquél que se sitúa en el filo de la navaja de su decisión y tras profundas dudas opta por la continuidad y la grandeza de aquellos ritos. Incluyendo el Toro de la Vega. Quien no toma sus decisiones en el filo de la navaja pertenece a la especie humana, pero no acaba de acceder a la condición humana.

Hemos  mostrado cómo la irracionalidad y los desbordamientos doloristas de los animalistas los expulsaba a la periferia de la esfera moral, asomados a las tinieblas exteriores. Pensar “la sustancia peligrosa de los seres vivos” en el filo de la navaja nos sitúa en cambio en el vórtice de la capacidad moral e intelectiva. Pensar los Juegos y Ritos Táuricos como una certeza plácida y complacida es condenarse a vivir en un ghetto asediado. Pensarlos como una aporía inestable los convierte en un Sésamo del acceso a la totalidad. Tenemos que pensar primero el Mundo, si queremos poder pensar los Toros.