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domingo, 2 de mayo de 2021

Estados Unidos

 

Abc, 30 de Enero de 2002


Ignacio Ruiz Quintano

La Historia política registra más desgracias sobrevenidas al mundo por obra de tontos honrados que de bribones inteligentes. J. G. Frazer citaba a Julio César y a Augusto como ejemplo de los segundos, y como ejemplo de los primeros, a Jorge III: “La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado”.

Los Estados Unidos no son un nombre: son un concepto. Nacieron siendo modernos: con la Ilustración, que les permitió construir opiniones tan curiosas como  “sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas...”, lo que lleva a Ernest Gellner a decir que la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos es uno de los documentos más cómicos y ridículos que se han redactado: “Sin embargo, Thomas Jefferson no era en ningún sentido un tonto, aunque esto no le impidió afirmar algo totalmente absurdo, a saber, que sus opiniones, que para un noventa y nueve por ciento de la humanidad eran ininteligibles o, en todo caso, blasfemas, heréticas y subversivas, eran realmente “evidentes por sí mismas”. La explicación gellneriana de esa egregia locura por parte de hombres perfectamente inteligentes, sobrios, responsables y competentes es simple: tomaron su propia cultura inusitada tan por descontada que la confundieron con la condición humana en general.   “Un mundo individualista en que el hombre es libre de elegir sus propios fines y seleccionar los medios para alcanzarlos por referencia a la eficiencia les parecía un mundo obvio”. ¿Qué otro mundo podía haber?

Pues el nuestro, sin ir más lejos. Cuando los periodistas españoles preguntaron a Ridley Scott por los derechos de los talibanes enjaulados en Guantánamo, el cineasta respondió: “Que no me hablen a estas alturas de derechos civiles.” Es decir, que ni él entendió la pregunta ni los periodistas españoles entendieron la respuesta. Como Aznar con Larry King, a quien el  “share” se le vino abajo y no tuvo otro remedio que cortar. Pragmatismo anglosajón y lirismo hispánico. Acción y literatura. Liberalismo de jaula de hierro y liberalismo de jaula de goma. Fernández Flórez llegó a creer que la ley era una secreción natural y abundante del alma española. Repasando nuestra legislación, le parecía absolutamente imposible que la injusticia y la incomodidad pudieran existir entre nosotros. Y recordaba lo que, durante nuestra dominación, ocurrió en Cuba con la fiebre amarilla. Contra ella, se redactó en la metrópoli una ley magnífica. La fiebre continuó matando. Se redactaron disposiciones complementarias. La fiebre no cedió. Más disposiciones. Más fiebre. Se cablegrafió a La Habana, pidiendo confirmación de que las autoridades habían leído aquellas leyes. Las habían leído. Y habían elogiado al Gobierno español. Sólo quedaba una explicación: la de que aquellos malos patriotas se dejaban atacar por la fiebre para desprestigiarnos. Disparamos contra la  fiebre nuevos decretos. La fiebre tuvo un recrudecimiento. La resistencia del mosquito tenía todos los caracteres de la insurgencia, y algunos periodistas insinuaron la idea de que, o el mosquito no leía el boletín oficial, o estaba en franca rebeldía contra la metrópoli. La teoría no llegó a tener estado oficial, porque para nosotros, ya se sabe, publicada una ley, es imposible pensar que no tenga eficacia porque se oponga a ella un mosquito. Y seguimos lanzando leyes a la cabeza de la fiebre. Y la fiebre, impasible....

“Hasta que llegaron los yanquis. Los yanquis no dictaron ninguna ley. Hicieron una cosa pequeñita, menuda, sin ciencia, sin capítulos, ni artículos, ni preámbulos. Sencillamente, mataron los mosquitos. Y así acabó la fiebre.” Esto, según Fernández Flórez, podía probar que el mundo carece de sensibilidad para las obras de la inteligencia. En verdad, le parecía mentira que la Naturaleza se resistiera a una colección de leyes magníficas votadas en un Congreso y se doblegase ante los efectos de un poco de petróleo esparcido en los charcos y en los terrenos pantanosos.  “Pero... así es, y no queda otro re-curso que resignarse”.

La realidad es, pero no dice qué es. Ante ella, el pragmatismo actúa y el lirismo teoriza. Teoriza, además, no tanto sobre la realidad como sobre su propio teorizar sobre la realidad. Son dos culturas radicalmente distintas. Ahora, ¿cuál de las dos es superior?

 


Jefferson

La Historia política registra más desgracias sobrevenidas al mundo por obra de tontos honrados que de bribones inteligentes. J. G. Frazer citaba a Julio César y a Augusto como ejemplo de los segundos, y como ejemplo de los primeros, a Jorge III: “La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado”