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domingo, 21 de abril de 2019

El Resplandor de la Hoguera (Reflexiones post mortem)

 Memento Mori


Jean Juan Palette-Cazajus

Irrumpí de nuevo en las columnas de este blog, el otro día, en estado de brutal rapto emocional, provocado por la tragedia de Notre Dame de París. Sin avisar ni llamar a la puerta, tras dos meses de vergonzoso silencio. Los más avisados mascullarán in pectore: “Pues muy bien, callado  estás más guapo”. Mal que os pese daré la explicación que nadie me ha pedido. Periódicamente, y así lleva años atormentándome, me asalta un peculiar síndrome de lucidez relativo al grado de legitimidad o sustancia de mis producciones. El fundamento es la siguiente paradoja: ¿de qué saberes puede presumir el que escribe -y cuanto más escribe peor-  puesto que no le queda tiempo para leer, reflexionar y construir el lento edificio de una siempre hipotética sapiencia? En cambio, el que no para un segundo de devorar tomos y lomos de conocimiento y de atesorarlos, si no coge la pluma en algún momento, renuncia al sagrado deber de comunicar y transmitir. Dejaremos de lado por no complicar las cosas la peliaguda cuestión del talento. Personalmente, el sentimiento de que todo lo que he podido ir contando sea probablemente pura cochambre no me abandona un solo instante. Y así voy alternando los momentos de grafomanía y los de retirada al desierto.

Concretamente, pasé los dos últimos meses volcado en lecturas y relecturas de la Revolución Francesa. Era tarea que tenía pendiente desde hace años, pero precipitó mi decisión la irrupción de los “chalecos amarillos”  y sus referencias obsesivas a un período del que sólo conocen cuatro mitos escolares mal metabolizados y en absoluta incompatibilidad y desconexión con el rigor y la facticidad  histórica. Por no hablar de su empeño en denunciar los fallos -dicen- de la representación y la práctica democrática en Francia. De modo que me dediqué a repasar los variados textos y proyectos constitucionales del período revolucionario, la labor ingente en ese campo de personajes como el gran Sieyes o el inmenso Condorcet, luego seguí con el fracaso  y eliminación -sin duda axiales- de los Girondinos antes de navegar por  las nucleares historias de corruptos e incorruptibles para aterrizar en  el terrible, complejo, vertiginoso período del “Terror”. Terminé chapoteando en la sangre que pringaba el adoquinado de la guillotina, en la Plaza de la Revolución, hoy de la Concordia. Dos meses, con sus días y sus noches, dan para muy  poco, todo lo más un superficial vuelo rasante sobre tal profusión de acontecimientos y personajes. Sólo sirven para confirmar lo que ya conté hace un tiempo, que durante cinco años la materia histórica adquirió un peso y una densidad casi inconcebibles e irrepetibles. Los conceptos de democracia representativa, participativa, deliberativa, directa, asamblearia, referendaria, se pensaron, teorizaron y expresaron con una exigencia nunca superada. Aquella gente estaba obsesionada por  las dimensiones legislativa y deliberativa de la vida cívica a expensas de un ejecutivo angelicalmente reducido a la casi nada. Al final, triunfó la soledad paradójica y paranoica de un ejecutivo que sólo pudo dedicarse a … ejecutar.
 
Evidentemente es imposible reflexionar sobre la Revolución Francesa sin hacerlo sobre el tema y el concepto de la “Nación”. En su cueva del desierto, el ermitaño vino en considerar que tal vez había llegado la hora de comportarse con la vergüenza torera de la que careció hasta la fecha y en algún momento de abordar el tema catalán, por mucho peligro que corriera su integridad física y, peor todavía, la psíquica.

Pero hoy, el anacoreta  sólo pretende volver sobre las consecuencias sociales de la  tragedia sobrevenida en Notre Dame de París. En realidad nada nos apartaremos en esto de las digresiones iniciales. Con razón decía Werner Heisenberg, el creador del principio de incertidumbre cuántica, que cualquier temática humana, incluso la propia y pusilánime  filatelia, siempre reconducirá  toda cabeza honesta a las honduras del pensamiento nuclear. De modo que la forma en que se incendió rabiosamente el campo mediático, apenas dejaron de reflejarse en el Sena las últimas brasas de la hoguera, nos devolvió inmediatamente a la dura realidad. Es decir, hablando en plata, a las cuatro patologías  fundamentales de las fenecientes sociedades occidentales, y muy particularmente de  la francesa:
 
Temor, desprecio y renuncia al sentimiento de permanencia. Obsesión de la memoria culpable. Fraccionamiento comunitario. Suplantación de los conceptos de igualdad y justicia por los de resentimiento y nihilismo.

En el momento en que escribo viene desarrollándose el episodio callejero XXIII de la epopeya del resentimiento. Hablo de ese golpe de estado larvado y permanente -pronto serán seis meses- iniciado por los que se autodenominaron “chalecos amarillos” y cuyos posos residuales ya vienen siendo denominadas, con más propiedad, “ultra amarillos”. En París, hace unos instantes, una pancarta rezaba: “Notre-Dame, c’est pas nous”. La traducción correcta sería: “Pasamos de Notre-Dame”. Bien es cierto que, próxima, otra pancarta  decía: “Je suis Notre-Dame”.

El 14 de julio de 1902 se desmoronó el imponente (98,6 metros) “campanile” de la plaza de San Marcos, en Venecia. Los venecianos, con buen criterio, decidieron reconstruirlo “com’era, dov’era”. Y así volvió a inaugurarse,  nuevo pero idéntico, el 25 de abril de 1912, 1000 años justos después del original. Sentido de la permanencia. En Francia, en una época que ha perdido totalmente la capacidad de discernimiento entre lo original y lo novedoso, ya han surgido voces que piden “una nueva catedral para los tiempos nuevos”, “Una Notre-Dame high tech, digna de su época”. Cosas por el estilo. Su pretexto lo extraen del indudable papel protagonista que Viollet-le-Duc (1814-1879)  asumió en la gran restauración decimonónica que duró de 1844 hasta 1864, tras varios siglos de rudas peripecias para la maltratada, agotada fábrica medieval. No entraremos al trapo ahora. Recordemos que hoy nuestro momento de referencia es el de una erupción tecnológica  e ideológica exponencial. Desde nuestra atalaya, Viollet-le- Duc –me paso, pero apenas– puede considerarse como casi contemporáneo, técnica e ideológicamente, del primer maestro de obra, anónimo, de Notre Dame hacia 1163. Quiero pensar que las voces sensatas se impondrán. Oía ayer en la radio, a Jean Nouvel, figura posmoderna donde las haya, autor, entre tantas obras, de la torre “Glòries” de Barcelona, inicialmente  llamada “Agbar” (2005), en una entrevista en la que demostraba, sobre Notre Dame, conocimiento, sentimiento y sentido miramiento. Evidentemente, Notre Dame seguirá “dov’era”. Cabe esperar que lo hará “com’era”.

El libro de moda en Francia lo ha escrito un sociólogo llamado Jérôme Fourquet y  se llama “El archipiélago francés: nacimiento de una nación múltiple y dividida”. Habrán intuido que el título alude a las múltiples fracturas que vienen troceando la sociedad francesa: sociales –siendo el culebrón de los “chalecos amarillos”, últimamente, la más conspicua– y también, evidentemente, étnicas y religiosas. Por supuesto muchos han sido los seguidores de la religión de paz, y además verdadera, en pregonar su disenso frente a la emoción general. Como para muestra vale un botón, elegiré entre el amplio surtido disponible, la contestación de un alumno musulmán de tercero de bachillerato  al profe que comentaba en clase el trágico incendio: “Este incendio me trae sin cuidado, Monsieur. Esto de las catedrales es un rollo de cristianos, yo soy musulmán, me es indiferente. ¿Que Francia llora? Pues yo no. Tengo los papeles, pero su Francia no es mi país”. Bueno, venga de propina otro simpático regalo: “Wallah, los franceses lloran, pero a mí no me da ni frío ni calor. Nadie ha llorado tras los atentados de Christchurch, o sea que las iglesias y las catedrales de los “toubabs” (los blancos), a nosotros los musulmanes nos importan un bledo. En el fondo, me alegro. Preocúpense de nuestros hermanos palestinos  y dejen de dar la vara con Notre Dame de París.” Por cierto “Wallah” significa “Ante Dios” y atesta la sinceridad del que habla.

Casi al día siguiente de la catástrofe, apenas conocido el impresionante crecimiento del monto de las donaciones y donativos a favor de la futura reconstrucción, cómica, grotesca, profundamente chirriante surgió, tan mecánica y automática como esperada, la reacción de  los “justos profesionales”: tanto dinero para piedras viejas calcinadas y tan poco para los-refugiados-y-los- africanitos-que-se-mueren-de-hambre. Me dolió particularmente que alguien de mi propia familia publicara en las redes sociales una foto bifronte donde alternaban la piedra de la fachada de Notre Dame y las trágicas caras de unos niños africanos famélicos, con las costillas aparentes y los ojos devorados por las moscas. La estupidez demagógica, el chantajismo de la maniobra paralizaban cualquier empatía posible. Pétrea, excesiva, sin duda patológica, esa clase de exhibicionismo sólo puede despertar el sentimiento de impostura. Salvador Perpiñá halló las palabras adecuadas para dirigirse a estos personajillos empeñados desesperadamente en salir de la indiferenciación: “Admiro vuestra entereza, que os permite sobreponeros cada mañana a la indignación de vivir en un mundo injusto que no os merece. Un aplauso para vosotros,… ahí, evitando que nos hundamos en la iniquidad, salvando cada mañana el mundo”.

-“Saquen los talonarios para nosotros como para Notre Dame”, gritaban hoy, por lo visto, los “chalecos amarillos”.

Particularmente en España fueron numerosos los comentarios de quienes se empeñaron en recordarnos que antes que simbólica y artística, una catedral era un templo católico. Personalmente, me quedé desconcertado por un tipo de razonamiento que yo creía caduco. ¿Podían siquiera autodefinirse  como católicos los habitantes de la Europa occidental, durante los siglos XII o XIII, con muy escasas posibilidades de contacto con gente que no lo fuera, sabiendo que la comparación y la diferenciación son previas a toda definición de identidad? No creo que se definieran como católicos porque lo eran “naturalmente”. Hoy nadie ya es “naturalmente” católico y quien se define como tal lo hace porque presupone y conoce la existencia de quienes no lo son. Son numerosos quienes, en España, se adhieren a determinados valores ideológicos, culturales e históricos que consideran inseparables de la identidad española y a los que ellos califican como católicos. Otros se declaran asimismo católicos con otros valores totalmente antagónicos. Yo me considero pudorosamente ateo a sabiendas de que me he criado en un milenario crisol cultural católico que sin duda determina inconscientemente muchos de mis valores y comportamientos. Estaría dispuesto a apostar que el heredado sedimento de mi catolicismo inconsciente e involuntario no resulta a la postre más herético que el de muchos ortodoxos y nadie puede dudar de la pureza de mis emociones ante el desolador espectáculo de aquella noche.

¿Levantó las catedrales el catolicismo? Creo que la pregunta tiene muy  poco sentido y por otra parte no cabe prolongar más estas reflexiones un poco erráticas. Me perdonarán  si digo en primer lugar, con excesivo simplismo, que entre los siglos XII y XV, en cuestión de catedrales, prelados y cabildos de las ciudades pugnaron por saber quién la tendría más grande. En segundo lugar, por más que algo obsoleto y excesivamente tardorromántico, todavía apunta en la buena dirección este texto del príncipe, terrateniente y teórico anarquista Piotr Kropotkin (1842-1921) que figura en su famoso “Apoyo Mutuo” de 1902:

 -«La arquitectura medieval era grande porque era la expresión de una gran idea. Como el arte griego, surgió de la concepción de la fraternidad y unidad alentadas por la ciudad. […] Respiraba energía porque toda la vida de la ciudad estaba impregnada de energía. La catedral o la casa consistorial de la ciudad encarnaba, simbolizaba, el organismo en el cual cada albañil y picapedrero eran constructores. […] toda la ciudad tomaba parte en su construcción. El alto campanario era parte de un gran edificio; en el que palpitaba la vida de la ciudad; no estaba colocado sobre una plataforma que no tenía sentido como la torre Eiffel de París; no era una construcción falsa, de piedra, erigida con objeto de ocultar la fealdad del armazón de hierro que le servía de base, como ocurrió recientemente en el Tower Bridge, Londres. Como la Acrópolis de Atenas, la catedral de la ciudad medieval tenía por objeto glorificar las grandezas de la ciudad victoriosa; encarnaba y espiritualizaba la unión de los oficios, era la expresión del sentimiento de cada ciudadano, que se enorgullecía de su ciudad, puesto que era su propia creación. No raramente ocurría también que la ciudad, habiendo realizado con éxito la segunda revolución de los oficios menores, comenzaba a construir una nueva catedral con objeto de expresar la unión nueva, más profunda y amplia, que había aparecido en su vida».

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