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domingo, 31 de enero de 2010

CASA CAMILO, EN SANTIAGO DE COMPOSTELA


José Ramón Márquez


En ciudades con mucho trajín turístico siempre se corren riesgos. El hecho de dar de comer a muchas gentes que, por hallarse de paso, nunca van a formar clientela, trae consigo la tentación de abandonarse. En el centro de Santiago de Compostela es lo que ocurre, pero también en Toledo, en Albarracín o en algunas zonas del centro de Madrid. Conviene mirar bien, porque a veces tras la fachada de una honrada casa de comidas salta una sorpresa desagradable.

El otro día íbamos con la idea de almorzar en Casa Marcelo, que nos habían hablado de ella y que tiene una decoración la mar de bonita y la cocina a la vista, pero una ojeada a la carta en la puerta nos hizo salir despavoridos: allí aparecía el ominoso foie y los boletus con no sé qué, que estos productos, cuyo único fin es encarecer los platos en los que recalan, parece que nos persiguen por todas partes. Salimos huyendo, como ya se dijo.

Luego, callejeando, nos encontramos con Casa Camilo, con su pequeño escaparate a la calle Raiña donde enseña pescados, mariscos y chuletas, y con su pequeño comedor en el piso primero. Nos empleamos allí con el caldo gallego para quitar el frío, la empanada de xoubas, casera e impecale, el pulpo, la merluza, el rodaballo y el chuletón, pero lo mismo podríamos haber pedido las nécoras o los berberechos o el espectacular lenguado. Todo de inmejorable frescor, bien ejecutado y servido en mantel blanco y plato redondo. Aún no tenían lamprea, ese guiso delicioso y de aspecto antiquísimo de un extraño pez en una extraña salsa de su propia sangre que, según nos contaba por la tarde la lugareña A., es alimento altamente indigesto. Lo dejamos para la próxima vez.