lunes, 30 de marzo de 2026

Domingo de Ramos en Madrid. Ferrera, Fonseca y Cristian Pérez con los de Dolores Aguirre. Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


El primero de los toros de Dolores Aguirre que saltó esta tarde a la arena de miga de Las Ventas fue Cantinillo, número 49. Sus primeros minutos de vida pública fueron saludados por los silbidos de ciertos espectadores que no aceptaban como buenos los 520 kilos del toro, ni su culo de pollo, compensado acaso por la descarada cuerna que lucía. Pronto se pasó el berrinche, porque Cantinillo empezó a dar señales evidentes de que pese a sus imperfecciones anatómicas tenía en su interior el alma del toro de lidia imprevisible y peligroso. En seguida se percibió que su condición era un equilibrio entre su indudable casta y su carácter tirando a manso, lo cual no constituye ningún desdoro. No ayudó mucho en favor del desarrollo de las condiciones del toro la lidia que se le dio, casi un guiño a las capeas pueblerinas de fiestas patronales, y por eso cuando Cristian Pérez se dispuso a vérselas con el toro puede decirse que tenía por delante la ingente tarea de construir él solo la lidia de ese incierto animal. En terrenos del 5 se produjo la mayor parte del encuentro entre toro y torero, marcado por la dificultad del toro en tomar los engaños hacia afuera y su mayor aquiescencia a aprovechar los pases que apuntaban a tablas. Cristian Pérez desarrolló su labor a base de valentía y de conocimiento y con una buena colocación consiguió ir sacando estimables naturales e incluso ligándolos, sufriendo una voltereta cuando estaba pasando al toro con la derecha y volviendo decididamente a la cara del doloresaguirre para rematar su obra. Acaso alargó más la faena que lo demandado por las condiciones del toro, y eso le hizo escuchar un aviso antes de cobrar una estocada baja que le valió una cierta petición y una valiosa vuelta al ruedo en el toro de su confirmación de alternativa.


Tras la decisión y el arrojo del joven albaceteño le tocó el turno a Antonio Ferrera, que era, por así decirlo, la otra cara de la moneda. Si, en el primer toro, Cristian Pérez mostró su innegable deseo de dejar su sello y de no pasar desapercibido, Ferrera dio la imagen de un torero en el ocaso, sin ganas reales de batirse el cobre con sus oponentes, que tiró de su amplio oficio para pasar el trance sin despertar la animadversión de la cátedra, pero sin ser capaz de entusiasmar ni siquiera a la nutrida colonia extremeña que suele habitar diversas localidades a lo largo de la plaza. Sus toros fueron Cigarrero, número 34, y Bilbatero, número 16. Digamos que el primero de ellos dio un cierto punto de continuidad morfológica con el primero de la tarde, siendo el segundo un toro de excelentes hechuras y trapío. Ante ellos Ferrera no quiso intentar otra cosa que una lidia sobre las piernas, quitando de sus intenciones la más leve idea de riesgo o compromiso. Ni las condiciones ásperas de Cigarrero, que desengañaron rápidamente a Ferrera de intentar nada mínimamente arriesgado frente a él, ni la condición menos abrupta de Bilbatero fueron capaces de espolear al veterano matador, que prefirió plantear dos faenas a base de escaramuzas perfectamente olvidables que si, al menos, hubieran sido refrendadas con el buen uso del estoque, habrían sido menos inanes de lo que en realidad fueron. En su primero oyó un aviso y en el segundo algunos pitos. Decidió Ferrera no poner banderillas y eso hizo que pudiéramos deleitarnos con los dos pares que puso Ángel Otero, que recibió sólidos aplausos por su trabajo con los garapullos en el segundo.  La otra cuestión respecto de Antonio Ferrera es la de su capote: independientemente de los colores de dicha herramienta, que apuntan más a cortina que a capote, no se ve muy claro que se empeñase en torear con el capote de seda a la vista del vendaval que hubo toda la tarde sobre Las Ventas. Por supuesto que siempre aplaudiremos el uso de un capote de seda, frente al de percal, pero lo mismo hoy podría haber tenido dispensa sin desdoro alguno. Digamos entre lo óptimo de Ferrera que persiste en su costumbre de sacar a los toros del caballo toreando, en una estimable interpretación del quite que hace referencia a los orígenes de ese lance.


El tercer diestro que nos trajo Plaza1 en este Domingo de Ramos fue Isaac Fonseca, quien sorteó a Pitillito, número 51, y a Bufonito, número 6. Pitillito entró tres veces al caballo de Agustín Collado y una al de Héctor Vicente, que hacía puerta. Inició Fonseca su faena a este toro en los medios con el primer pase cambiado de la temporada madrileña -¿cuántos más nos quedarán por ver, Dios mío?-, y luego trató de poner en marcha un trasteo basado en la falta de colocación, que no dio resultado alguno y que tampoco fue apreciado por el público, acaso más interesados en apreciar las condiciones y dificultades del toro. Escuchó un aviso y se retiró a la barrera a esperar la salida de Pitillito, que de alguna manera fue la reedición de lo suyo el año pasado con aquel Brigadier, número 2, de Pedraza de Yeltes. Pitillito acudió al cite de Héctor Vicente por tres veces, con alegría y vigor, demostró sus condiciones en banderillas, recibiendo una acertada lidia de Iván Vicente y llegó superior a la muleta, habiendo mostrado a las claras su temperamento. El toro, serio y cuajado, acudía al cite y Fonseca, que fue generoso en el cite de largo, no consiguió que su trasteo estuviera a la altura de las posibilidades que prometía el toro, que donde debió recibir pases y toreo se encontró con telonazos y banderazos nada acordes con sus condiciones. Se repitió la historia del Pedraza, estando el matador muy por debajo del toro. Escuchó dos avisos.


Carafea, número 41, fue el segundo toro de Cristian Pérez. Otro bello ejemplar, que apretó en varas frente a José Ney Zambrano, que midió el castigo y picó con arte. Cristian Pérez inició su faena en el punto donde había dejado la anterior, basando su labor en la colocación y la firmeza. Sinceros aplausos de la parroquia señalaron las primeras series del albaceteño, que cuando parece más confiado es cogido por el toro, por estar en el sitio en el que se torea (y en el que se cobra). Tras unos tremendos segundos en que el torero es zarandeado como un pelele por Carafea, que no atiende a capotes y se queda aquerenciado junto a su presa, consiguen agarrar al torero y llevarlo a la enfermería, siendo ovacionado, y quedando en la plaza la sensación de haber recibido un fuerte tabaco. Fue Antonio Ferrera el encargado de dar muerte a Carafea, cosa que hizo sin pena ni gloria, para dar fin a esta variada y emocionante corrida de toros.



Confirmación de Cristian Pérez


ANDREW MOORE











FIN