jueves, 16 de abril de 2026

Hughes. Bayern, 4; Real Madrid, 3. Tó pa ná

Hughes

Pura Golosina Deportiva


 
Al acabar el partido vi que un panenkita ‘mataba’ deportivamente a Camavinga. Hombre, tanta geometría y lillismo (Lirismo Lillo) para acabar en el chivo expiatorio, tan viejo como el mundo...

Culpar a Camavinga será lo fácil. El partido tiene al menos esa facilidad: dejar un culpable y una explicación sencilla. El Madrid estuvo lo suficientemente bien como para ello.


En las hora previas, Edu Aguirre entrevistaba a Florentino a la salida de la comida de directivas y el presi se mostraba relajado. “Hombre, si llevo 26 años...”. Estaba claramente por encima de las pasiones. Las había trascendido. Entre ellas, la pasión forofa.

¿Se puede estar en el fútbol sin eso?

Por primera vez, el Madrid presentaba en la Copa de Europa un once sin jugadores seleccionables por España y se había muerto Santamaría, el último superviviente de los 50. Estábamos ya en otro tiempo.

El partido empezó demasiado bien. Neuer metido a libero ridículo se la pasó a Güler, que templó de primeras un zurdazo a las redes. Confieso que el gol me dio alegría y luego miedo. Demasiado pronto, pensé.

El miedo y la superstición me acompañaron en este partido, señal de debilidad mental o quizás de que mi yo madridista (que es en cierto modo protector) sintió siempre débil al equipo.

La media del Madrid era una falsa media: de interiores, mediapuntas, y de mediocentros, interiores. Era como si del problema del mediocampo no se hubiera solucionado nada, no se hubiera llegado a ninguna conclusión en dos años salvo la presencia de Güler.

El Bayern presionaba tras el gol, pero como siempre presiona había una constante emocional en ellos. A lo largo de nuestras vidas, hemos conocido algo el pathos alemán a través del Bayern y sus sucesivas encarnaciones.

Empató pronto en un córner infantil que remató Pavlovic, solo bajo palos, y a partir de ahí vinieron unos minutos de presión y encajonamiento en los que el Madrid sufría para sacarla. Recurrían incluso al vulgar patadón y el meteorito lo buscaba Mbappé, que lucía un apósito susceptible de romper un fuera de juego. En el 19 pudo marcar tras pase de Vini.

Cuando aparecía Mendy era como si regresara del pasado o de la historia para jugar el partido.

Tras el arreón local, y los patadones de impotencia, Güler bajó a mandar, pedirla, repartir...

Hubo una ocasión de zurdazo muy alevoso de Kimmich que paró Lunin, y se sufría en los saques de esquina, pero la sensación de peligro era quizás mayor en el Madrid.

Sus jugadores estaban comprometidos y vivos, con un rápido Mbappé. Los del Bayern se movían mejor colectivamente, parte de su juego era colectivo, una dimensión como robótica: la forma de bajar, de presionar, de ayudarse... Esto redundaba en la organización pero de su cien por cien, de su correr, parte era automático, anónimo, intercambiable, mientras que en el Madrid latía plenamente lo individual, pero como corrían todos todo el tiempo, se notaba menos e incluso era mejor. Parte de lo que era el Bayern era colectiva, pero no mejor.

Como si llegara para sacar al plumilla del callejón sin salida de sus cavilaciones, Arda apareció en el 20 con una falta gloriosa, un zurdazo perfecto a la escuadra de Neuer. ¿Cuánto tiempo llevábamos sin ver una falta así?

Neuer nos parecía una madre y Kompany, con su chándal de rapero o de entrenador infantil (disrespect para los futbolistas) de repente parecía un rider.

El Madrid se vino arriba. Todos lo hicimos. Pero a mayor alegría mayor miedo. Entraba una sensación rara, como de ganas de ahorrar, de abrirse un seguro. En el equipo la euforia hacía correr, crecer, pero se sentía que Vini no terminaba de estar del todo y Brahim dejaba una sensación de insuficiencia, de subdesarrollo...

Y otra vez el arreón alemán. Se nota que el Bayern es el gran rival del Madrid por la cantidad de sinónimos que hemos desarrollado: alemán, teutón, germano, bávaro...como para un Un, Dos, Tres.

En otra jugada, con casi todos ellos en campo blanco, Upamecano rompió (subió), Vini mirando, pasó a Kane, que controló y al hacerlo sentimos que ya era gol, como si la imagen viniera con retardo.

El partido se hacía idéntico al final de la ida, rompía a lujoso correcalles: Trent lanzaba un gran pase, luego Vini chutaba al larguero y en el 42 llegaba el 2-3, una rápida combinación de Vinicius con Mbappé, como una flecha partiendo al Bayern por el centro.

El Madrid había metido tres goles en Munich en 45 minutos. Era algo tan bueno que podía ser hasta demasiado bueno.

El equipo adquiría el mejor tono de la temporada. Bellingham alcanzaba su nivel. Hay equipos que se construyen para la Champions, pero al Madrid es la Champions la que le construye.

La cara de Chendo tenía su rictus inconfundible, la mandíbula desbocada con el chicle, la mirada fija casi perdida y, a la vez, un semblante de tranquilidad madrileña.

En la segunda parte entró Davies por ellos, y el Madrid tardó unos minutos en aterrizar en el partido, pero cuando lo hizo fue con peligro, en una gran remate de Mbappé, fulgurante al pase de Trent. Neuer la detuvo fijando un brazo, haciéndose árbol.

El Madrid, con Bellingham igualmente notable, se cerraba bien y salía a la contra creando peligro cierto. Crecía en personalidad. Creo que estuvimos a punto de sentir lo que pudo haber sido este equipo. Quiero decir, que casi sentimos una impronta, una personalidad en esos minutos que mezclaban la solidaridad con las amenazas.

Kimmich ya tenía otra cara... (en el Bayern los jugadores en lugar de heredar el brazalete heredan la cara de alemán del Bayern, que se pasa de generación en generación...)

Por mucha inteligencia de ratón que le pusiera Brahim, le faltaban piernas, cuerpo y centímetros y esa media necesitaba otra cosa, y en el 60 se produjo una flexión del partido; por ellos entró Musiala, por el Madrid Camavinga. Asombra cómo le ha cambiado la mirada a este chico. La que tenía al llegar y la que tiene ahora. Es como el presidio en los dramas carcelarios (”Te rompe el espíritu”...).

En las salidas del Madrid había una constante, la más clara, que era Trent buscando, con centros o con correr de gacela, a Mbappé, como si hablaran lo mismo, el mismo sedoso lenguaje superdotado. Vinicius estaba peor, menos acertado en las decisiones. Cuando fallaba, gritaba y también gritaba Upamecano, de modo que parecían dos locos.

En esos minutos había miedo. El cronista sentía miedo. Es por algo que en el dicho “más miedo que once viejas” sean once, precisamente once. El partido era bloque bajo y miedo, la mezcla deliciosa de las dos. Era un sufrimiento placentero. Hemos aprendido a disfrutarlo y pasamos el año esperándolo. Nuestro ser querido (el Madrid) al borde de la vía.

Olise había estado huyendo a Mendy como si fuera un cobrador, pero ya hizo estirarse a Lunin.

El bloque bajo del Madrid parecía estar hecho por acumulación; hecho de desesperación, lecciones, escarmientos; hecho de errores, impotencias y fracasos... Volvíamos a esa misma sensación, pero el gol se sentía más cerca. No hacía falta un milagro. Por ejemplo, Mbappé hizo una jugada marciana en el 70 que Vini no aprovechó.

En esos minutos se llegó al cénit cuando se invirtieron los bloques y el Madrid encajonó a los alemanes.

¡Otra vez se sintió lo bueno como malo! Las agonías eran máximas y las supersticiones aparecían compensando lo táctico. Era malo que el Madrid hubiera llegado a estar tan bien como para que el otro se pusiera en bloque bajo... ¿no era como ceder la posición antes de la llave definitiva del partido?

Y al poco, sí, llegó la expulsión. Camavinga se llevó la pelotita con su trotecito de poni gilipollas y el árbitro le sacó la segunda amarilla con demasiada severidad, y así lo sintió el equipo.

(Al ver el correr de caballo jerezano de Olise sentimos que Camavinga tenía que haber ido más por allí, haber ganado altivez, no rastafarismo).

Con diez y poca reestructuración, o más bien ninguna, el Madrid, que por fin se había hecho bloque, uno, entero, sin fisuras, ya era un gruyer con la colina desguarnecida para que llegaran los invasores, y por allí que lo hicieron, primero Luis Díaz, con un tiro colocado y luego, el 4-3, ya en el descuento, con un tiro aun más colocado de Olise, tan suave, decía un cronista inglés, como la puerta de un Rolls Royce al cerrarse.

Era la puerta de la temporada.

En la grada, todos tenían cara de Muller. Gritaban años de sometimiento.

Arbeloa, a su modo, también lo estaba consiguiendo. Cuatro meses sin mover un músculo de la cara. Ni una ceja. ¿Es una apuesta? ¿alguna clase de estoicismo? Se valora la inmensa disciplina para conseguirlo.

Los músculos de la cara los domina Arbeloa. Los movimientos de los jugadores ya es otra cosa, aunque al final del partido todos rodeaban al árbitro de una forma prometedora. Era la presión, por fin.