martes, 23 de julio de 2024

Balas o votos




Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En “La facultad de las cosas inútiles” (el Derecho, hoy, en todo Occidente) menciona Yuri Dombrovski un recuerdo que hizo sonreír a Stalin: en casa de Gorki, cuando el famoso encuentro con los escritores, “un viejo imbécil” se quejó: “El Glavlit (organismo de la censura) y los redactores son demasiado duros, camarada Stalin. Por ejemplo, usted, Iósif Vissariónovich, tiene la cara picada de viruela, pero nos prohíben mencionarlo”. Una broma, si nos atenemos al “totalitarismo invertido” que nos hemos dado.


El “totalitarismo invertido” es un concepto de Sheldon S. Wolin para referirse a la cumbre del liberalismo político: el arte de moldear el apoyo de los ciudadanos sin permitirles gobernar. El pueblo reina, pero no gobierna. Es evolutivo, y prospera en una sociedad desmovilizada, una sociedad cuyos ciudadanos padecen de un letargo político “que nos hace evocar a la ciudadanía privatizada de Tocqueville”.


El presidente suele decir que la vida sería mucho más fácil si fuera una dictadura.


El presidente era el pichi Bush Jr., y la confidencia la hizo su director de presupuesto, Joshua B. Bolten. El “totalitarismo invertido” es una pandemia silenciosa (ese silencio que exige el mequetrefe Breton, prefecto del Santo Oficio de la Censura de la UE denunciado por Elon Musk) alimentada por una sarna mediática puesta al descubierto en el asesinato frustrado de Trump.


Hoy estábamos a cinco centímetros de una guerra civil. No es una perspectiva que me guste, pero sí es temible, si los demócratas no se detienen con sus viles y absurdas analogías con Hitler y su alegría por el asesinato –tuiteó James Woods.


Cinco días antes, el siniestro personaje que funge de presidente, había soltado la metáfora definitiva: “Hemos terminado de hablar del debate, es hora de poner a Trump en el blanco”. Se refería al debate que asustó a “duros” como Bill Maher: “El problema es que tiene que ser decisión de Joe Biden irse, lo cual es como dejar que un borracho decida si puede conducir”. Pero nuestro Sánchez, mucamo al fin y al cabo, y el más servil, vio en Biden, hablando de la guerra que se traen entre manos, a una especie de Bobby Fischer, que no jugaba al ajedrez, sino que practicaba ejercicios de anulación de la personalidad del contrincante. Con la de Sánchez, por lo visto, Sleepy Joe acabó a la primera palmada en la espalda.


El atentado contra Trump, no por esperado (el negocio de la guerra es la clave) menos escandaloso, revela la espantosa corrupción de un sistema ambientado en el 36 de “Balas o votos”, con Edward G. Robinson. El encargado de investigarlo será el fiscal que “aprobó personalmente” la redada en Mar-a-Lago, donde el FBI autorizó “el uso de fuerza letal”, pero los medios volverán a hacer suyo el cuento del Oswald solitario.


Atenas –dice Wolin– nunca simuló justificar su dominación sobre los demás pueblos alegando que lo hacía para dotarles de valores democráticos.


 [Martes, 16 de Julio ]