Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Un amigo me dice que, paseando por Montera para saludar la llegada del verano, fue sorprendido por una especie de música celestial proveniente de un piano en el que manos anónimas interpretaban una sonata de Haydn para piano. Con razón Narciso Serra –no el ministro-tic del piano, sino el sainetista– pudo admirarse un día con un “¡Qué calle, señor, la calle de la Montera!” Soterrar la M-30 y desenterrar la Montera son los dos megaproyectos municipales de Gallardón. Lo de soterrar la M-30 lo tiene difícil, porque cuesta más dinero del que le queda y porque siempre hay por ahí cuatro bichos que, por sí solos, no le importan a nadie, pero basta que se anuncie una obra para que esos cuatro bichos constituyan, de pronto, un ecosistema que haga inviable tocarles un pelo. En cambio, lo de “desenterrar” Montera (“es preferible ser un enterrado vivo que un desenterrado muerto”, decía un clásico, por más señas madrileñista) va sobre ruedas. ¡Qué calle, señor, la calle de la Montera! ¡Y cómo nos habla y nos sosiega la danza mora! Venga. Todos con el alcalde, a redimir a Brunilda. ¿O no es un alcalde melómano? En el barrio están encantados. Wittgenstein confió a Norman Malcolm que el movimiento lento del tercer cuarteto de Brahms lo había llevado dos veces al borde del suicidio. A mi amigo, sin embargo, el virtuosismo galante –con sus demostraciones de bravura– de la sonata de Haydn en plena calle de la Montera lo llevó dos veces al borde del romance. Y porque no llevaba suelto, que si no... ¿De dónde sacaría las fuerzas ese Haydn? “Hay aquí abajo tan pocos hombres alegres –decía Haydn– que siento que mi música podría sacarles de sus preocupaciones y eso me da fuerzas...” Pero no todos los músicos son Haydn. Los nietzscheanos creen que cuando un músico no sabe contar hasta tres se hace “dramático”. Por ejemplo, esos músicos que se pusieron la pegatina pedigüeña –“La música se muere. Ayúdanos”– y se fueron a ver a Zapatero para pedirle... Bueno, ¿qué importa lo que le pidieron? El caso es que se fueron a ver a Zapatero y que Zapatero les dijo que sí. Nadie sabía entonces lo de Iñaqui Sáez, al que los cuatro gaznápiros del “agit-prop” deportivo, sucesores de los gansos capitolinos en la industria de la alarma, han empujado hasta la calle. La imagen de Sáez les recordaba que fueron ellos los mentores del equipo que hizo el ridículo con Portugal, y no podían soportarlo. Ahora quieren poner en el cargo al castizo Luis Aragonés, que es como si dijéramos el doctor Toba. Tócala otra vez, Sam.
