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viernes, 15 de marzo de 2013

Todo lo que usted quería saber de los ascos que la Crítica hace a Miura

El Dr. Zaius, pelo ala de cuervo, llega a la Plaza de Valencia, en cuya fachada
salen juntos un Dolls y un Miura

José Ramón Márquez

Les llamamos «Revistosos del Puchero» y bien podíamos decir «de la orza» o «del arroyo», porque el retrato que de sí mismos van dejando explica a la perfección por qué las gentes ya no van a un kiosco a comprar un periódico ni aunque les lleve la Guardia Civil.

La «crítica oficial» se cisca en la de Miura, con un par. No es nada nuevo, sólo siguen la tendencia que marcó con nitidez ese preclaro crítico denominado Miguel Ángel Moncholi, cuando estimó en su leal saber y entender que el mejor fin para los toros de la A con asas era el matadero. Los selectos plumíferos de los llamados «medios de difusión nacional» se colocan en pos del voraz crítico de Telemadrid y arrecian en sus denuestos contra los de Zahariche, llamándolos antiguallas, toros jurásicos, de mal estilo, infumables o inservibles… ¡Vaya tela!  Luego, echas cuentas de la corrida y allí resulta que hubo lances de capa de valor y torería, bregas a cara de perro, suerte de varas con emoción, banderillas de las de aplauso y de las de ¡ay!, una soberbia estocada y trasteos valerosos. Hubo de todo, aparte de emoción y susto, y nada les gustó. ¿Por qué?

Pues muy sencillo, porque van a los toros a ver, literalmente esto: tres verónicas y una media en las que la barbilla del torero se fusiona con su pecho, una tundidera de derechazos con el toro siguiendo la muleta como un perrillo, tres «obligados de pecho»,  cuatro manoletinas y un sartenazo en los blandos echándose fuera que mata al toro con rapidez: la faena moderna. Por eso los Miura les incomodan, porque ahí hay que mirar, enterarse, ver qué pasa, entender qué ocurre y valorar de acuerdo a eso; porque la emoción de un hombre midiéndose con una fiera les resulta poco grata, y prefieren las  monerías, los mohínes, los desplantes de un supuesto artista ante un pobre animal, espectáculo más propio de la Plaza de Chueca que de la Plaza de Toros. Ver a un toro pavoroso, difícil, vendiendo cara su vida a estos les resulta aburrido, sin darse cuenta del aburrimiento extremo que producen sus prescindibles escritos, más o menos mercenarios, de los que nadie ya se fía.

Digámoslo claramente: en toda la ganadería brava española sólo hay un hierro mítico en la actualidad y ése es Miura. Toreros míticos habrá habido cinco o seis: Montes, Lagartijo, Guerrita, Gallito, Manolete… ponga cada cual el suyo, pero ganaderías sólo hay una mítica, que desde hace ciento setenta y un años lleva en las mismas manos manteniendo con honor su carga pesadísima de gloria y de tragedia y ésa es Miura. Ciento setenta y un años que no son nada para los que, a falta de salas de billar, en el ruedo de una Plaza buscan el éxtasis de la estética, la transfiguración de los cuerpos o, simplemente, las posturas.

En la fachada de la Plaza de Valencia que da a la calle de Játiva hay puestos unos cartelones muy grandes. En uno de ellos, la fotografía de José María Dolls Abellán, Manzanares III; en otro, la pavorosa A con asas, hierro de Miura. Es lo más próximo que van a estar en toda su vida.