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lunes, 17 de octubre de 2011

Los enterradores de la Fiesta

El enterrador tomando medidas al reo Gary Cooper en el juzgado de Roy Bean
El forastero

José Ramón Márquez

El Pilar es el final de las grandes Ferias. Puede decirse que la temporada que comenzó en Valencia acaba de terminar en Zaragoza. Me hubiese gustado estar allí, para ver los Prieto de la Cal y los Cuadri. Los pobres llevan encima el estigma de que, a la primera que fallen, les dan más palos que a una estera. Así ocurrió con los de La Ruiza, que los mismos que se deshacían dos días antes en babas para la porquería ésa de Parladé, profanación de hierro y divisa, le metían unos estacazos de aúpa a los jaboneros de Prieto de la Cal, aunque a mí, que me gusta leer entre líneas, me da la impresión de que me habría divertido con esa corrida. No pudo ser. Y con los de Trigueros, más o menos lo mismo, que es que te das cuenta de que a la mayoría de los que se dedican a la crítica no les gustan los toros, y se les comprende, porque esos irán al curre como vamos los demás, a echar las horas y a llevarse el jornal.

Del conjunto de las fiestas del Pilar me parece que hay que resaltar sobre todo las entradas tan pobres que se han registrado, incluido el día de la Patrona, en comparación al éxito de público de los recortadores. Parece que, de alguna manera, el público intuye que hay más autenticidad en esos jóvenes burlando a esos hermosos toros de Palha que en todo el rito absurdo que han construido a base de los pasitos de la muñecas de Famosa, las posturitas y contorsiones, las caras descompuestas o los berridos para conjurar el canguelo a que nos tienen acostumbrados un gran número de matadores, y eso la mayoría de las veces frente a unos torillos lanares y juguetones, que los pobres no tienen ni media leche.

Y es que da cada vez más la impresión de que los toreros que derrochan hombría están destinados a ser siempre eclipsados por los que derrochan tontería. La cicatería en el elogio para Padilla, cogido por un certero toro de Ana Romero, o para la disposición de Paulita con los Cuadri, o para los redaños de Fernando Robleño ante los Prieto de la Cal, por decir tres a vuelapuma que se las han tenido que ver frente a la odiada casta y frente a los toros que asustan, no encuentra parangón en el elogio que se le suele dar porque sí a cualquiera que haya hecho ir y venir a un bicho juampedreado, es decir un animal semiamaestrado y de lengua kilométrica.

***

En la deriva que el espectáculo de los toros va tomando, asimilándose cada vez más a los combates de boxeo amañados, está a punto de producirse otra vuelta de tuerca, que es el ensayo general de la corrida en la que se ha abolido la muerte del toro, tal y como esperan perpetrarla en Quito. Allí se van a ir los matadores de toros españoles que atienden por Enrique Ponce, El Fandi, Talavante, Abellán, Rafaelillo, David Mora, Iván Fandiño y Ruiz Miguel a actuar de comparsas, por un puñado de dólares, en un nuevo ataque a la Fiesta de la que se ha eliminado lo que constituye su esencial razón de ser.

Sin duda todos los que se han apuntado sin más ni más a esta corrida Disney se habrán manifestado muy ufanos en contra de la abolición de Barcelona. Paradójicamente a ninguno de ellos le parece mal participar en esta agresión a la misma esencia de la corrida de toros.
Creo yo, sin que esto sea un eximente para nadie, que en esta ocasión la mayor responsabilidad del desaguisado le corresponde a Enrique Ponce, porque su negativa a participar en este simulacro de corrida hubiese llevado a otros toreros de menor fama a pensarse con mucho detenimiento su participación en esta inmunda mascarada, a la que, lo quiera o no, el de Chiva está avalando con su nombre.

Y conviene recordar que si no fuera por el toro, a quien Ponce debe todo lo que es, D. Enrique Ponce Martínez sería hoy día un zapatero calvo casado con una señora de su casa. Al toro le debe Enrique Ponce su pelo, su mujer, sus dineros y su fama; por ello no estaría de más que demostrase un ápice de dignidad, de grandeza y de amor a su oficio y que se negase a participar en ese carnaval, deplorable ‘pressing catch’ taurino, que se han montado.