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lunes, 11 de abril de 2011

Quinta novillada en Madrid. Lo mejor, el tiempo

¿Veranillo o primaverona?

José Ramón Márquez

Estuvimos pensando si ir a los toros o a los novillos. Nos decidimos por los novillos porque pensamos que serían bastante más toros los de Madrid que los de Brihuega, así que nos echamos calle de Alcalá abajo, como tantas veces.

Lo que no nos esperábamos era lo de la fila. Nos ponemos tras unos norteamericanos para sacar las entradas a las cinco y veintitrés minutos y cuando llegamos a la taquilla, tras placar de codazo a una señora con almohadilla de su propiedad que pretendía entrar a saco, eran las seis y cinco. Treinta y siete minutos hicieron falta para sacar las entradas, se dice pronto.

Hoy estaban anunciados novillos de Sierra Borja, que es más de lo mismo,, porque seguimos con el monoencaste. Al pedir la ficha a un anciano que sesteaba en el tendido nos enteramos de que ni siquiera había pasado entera la corrida; vamos, que cuatro sí pasaron y también dos remiendos de Ana Muñoz, ganadería de la Unión de procedencia Carlos Núñez, que ya puestos, Ana por Ana podían haber anunciado desde el principio seis de Ana Romero y haber mandado desde el principio los de la otra Ana y los del tal Borja con destino a su hábitat natural, el matadero.

Con esta tarjeta de presentación que ha traído Sierra Borja a Madrid ya vemos que se trata de ganaderos escrupulosos, que habrán mirado con gran cuidado la corrida de su debut en la que chistosamente llaman por ahí ‘primera plaza del mundo’, y, como somos positivos, nos alegramos de que les hayan pasado al menos cuatro, porque peor habría sido que hubiesen pasado tres, o dos, o sólo uno.

Se aplaudió de salida al quinto, Distraído, número 17, que no llegaba a las cuarenta arrobas, pero tenía una gran presencia y seriedad. La corrida, entre el lío de los dos hierros y las hechuras de los seis toros fue una escalera, adoleció de falta de fuerzas, se picó muy poco y no trajo nada reseñable. Por mí, que no vuelvan, salvo que eliminen lo anterior.

Hoy toreaban Francisco Pajares, de Plasencia; Angelino de Arriaga, de Tlaxcala; y Javier Jiménez, de Espartinas, nuevo en esta plaza.

Pajares plantó cara a su primero, que hizo una colada muy fea a un banderillero y se revolvía con muy mal estilo, aunque sin mala leche. Le robó literalmente los pases y consiguió, con la emoción que ponía el toro Canutito, número 4, castaño chorreado, palmas sinceras de la concurrencia, consciente del atragantón que se estaba pegando el chico. Hizo lo más reseñable de la tarde: un enorme pase de pecho sacando todo el toro por delante con gran verdad. Mata mal.

Angelino es de Tlaxcala y ya me fastidia lo que pondré más adelante, porque yo a los tlaxcaltecos les tengo un cariño especial a cuenta de lo que ayudaron a Hernán Cortés tras las fatigas de la Noche Triste. Bueno, pues más parecía que Teolocholco estuviese en Móstoles, por la enorme cantidad de seguidores que Angelino arrastraba, que hasta sacaron pancarta de peña y todo. En los largos minutos de la fila para sacar los boletos comentábamos la ilusión que tenemos porque un mexicano triunfe de verdad en Madrid, y la verdad es que cada vez que se anuncia uno, como hoy, vamos ya predispuestos.

Lo más reseñable que pasó en los dos novillos de Angelino fue su picador Juan Antonio Angulo, que agarró un gran puyazo arriba y señaló el segundo algo más trasero pero en buen sitio, y que además sabe montar. Sin embargo, el bueno de Angelino no nos dio nada. Toreo vulgarísimo, medroso y sin encontrarse jamás a gusto, me recordó por momentos a esos novilleros -¿donde estarán?- que te encontrabas un buen día en las fiestas de Becerril de la Sierra o de Navacerrada –acaso Manolo Belmez, luego gran peón- que estaban allí perfectamente. El gran problema de Angelino es que no es torero para Madrid, y creo que jamás lo va a ser, aunque la masa ignara le vitoree esos redondos de pata retrasada y cuerpo contorsionado sólo porque hace ir y venir al toro. Yo sigo quedándome con Sergio Flores, que también es tlaxcalteco, a ver si lo repiten.

Y Javier Jiménez, para acabar, es un torero bullidor y torpe que no tiene nada que decir. Se echó el rato con sus dos novillos dando telonazos por aquí y por allá y pasó el quinario para matar a ambos, porque unas veces se queda en la cara del toro y otras cuartea tanto que no hay quien mande fuerza al estoque desde donde está. En ambos novillos planeó la sombra del tercer aviso que, afortunadamente, no sonó.


Sed de bien

Al pie de la taquilla

Laverón ante la Feria

Mexicanos de Villalpando

Cayó boca arriba

La terna

Salida del quinto

Pues eso

Coritos al caer de la tarde